Capítulo 80

Aquella noche recapitulé mi vida desde el momento en que partí de San Francisco y aterricé en Narita en calidad de “gaijin”, con la maleta llena de aspiraciones que se esfumaron nada más salir a la calle y contactar con la realidad de un pueblo del cual no sabía nada y de sus gentes, que eran igual que extraterrestres para mí.

Había sufrido la lejanía de mi hogar y de mis seres queridos, agravada por la sensación de culpa constante, la presión del trabajo, la ausencia de relaciones amistosas, el espantoso aislamiento que te invade al estar solo entre millones de personas desconocidas que te miran recelosas. De no haber sido por Midori, dudo mucho que hubiera logrado superar este desafío. Gracias a su amor y generosa entrega se me hizo más llevadera mi estancia en Tokio y ahora, sin ella, mi vida no tendría sentido.

Midori es el complemento que necesita mi alma, puede confortarme si estoy triste, comparte mis alegrías, sabe escuchar mis silencios, su sensibilidad me ha cambiado, me he transformado en otra persona. El budismo japonés utiliza dos palabras que definen la respuesta emocional del enamoramiento. Para ellos, existen dos estados en el ánimo de una persona, definidos como “nin” y “ten”. El “nin” es un estado de tranquilidad cotidiana, la paz y el equilibrio que permiten al hombre hacer una vida consecuente cada día. Este estado de ánimo da soporte a las ideas personales, las capacidades, los conocimientos; representan la armonía individual. Opuesto a este estado del alma, el “ten” es considerado como un momento extraordinario de emoción, de excitación, de descontrol, de capacidad para hacer entrega abnegada de uno mismo. Es en este estado de “ten” cuando un hombre se enamora, éste es el tiempo de amar. Éste es mi tiempo junto a Midori.

Aquel viaje a Zipango, la tierra del oro, ha tenido una repercusión inusitada en mi existencia. Mi corazón, dividido entre Oriente y Occidente, mantiene el difícil equilibrio entre dos mundos desemejantes y a la par análogos. He aprendido que un hombre puede ir disfrazado de “samurai” o vestir la camiseta de los Lakers, sólo es un hombre, y esta verdad incuestionable nos iguala a todos y debería bastar para romper con los estereotipos que basándose en las diferencias físicas, raciales, étnicas o sexuales separan a la gente.

Seguramente, habrá un día en que mi hijo se interese por sus orígenes y yo reviviré para él mi odisea japonesa. Para entonces, los recuerdos amargos sólo serán divertidas anécdotas y nos reiremos juntos de ellas, incluso es probable que Ken también comparta mi sorpresa por lo que para mí constituían insólitas novedades. Aunque estoy convencido de que mi hijo, por la parte que le concierne, escuchará con suma avidez el capítulo referente a la brava lucha que sostuve contra el terrible “monstruo” Akira, y que, al final, terminó en tablas.





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