Capítulo 77

Era domingo, y antes del mediodía nos presentamos en casa de mis padres. Yo estaba especialmente nervioso, mi familia también, y Akira y Chinako supongo que no nos iban a la zaga.

Mi padre y mi madre nos recibieron en la puerta, hice las presentaciones oportunas y pasamos dentro, presenté a mis suegros a los demás y mamá sirvió un vermut. El ambiente era sumamente frío entre nosotros, nadie acertaba a hacer o decir nada por temor a cometer alguna incorrección que molestase al otro bando, porque lo cierto es que parecía que estuviéramos divididos en dos equipos rivales. Mi padre entabló conversación con Akira acerca del viaje, Chinako sonreía y hacía reverencias, Midori y Susan entretenían a Ken y el resto de nosotros nos mirábamos con cara de circunstancias.

Hasta que llegó la hora de comer, todo se iba desarrollando más o menos según lo previsto. He de alabar el mérito de mi familia, que respetaba escrupulosamente mis indicaciones hasta el extremo de que ni yo mismo les reconocía. No eran ellos. Les había asignado a cada uno su papel y se habían prestado a representarlo porque sabían que era esencial para mí. En casa, las reuniones familiares siempre habían sido bulliciosas, la comida era el momento en que todos explicábamos nuestras cosas, gritábamos, reíamos, discutíamos. Incluso Midori nos miraba como si no nos conociera.

Chinako había querido contribuir al ágape con un plato típico de Japón, “chirashi-zushi”, un arroz avinagrado con láminas de gambas, almejas, tortilla francesa y guisantes, y nos explicó, con algunos apuros lingüísticos, que esta especialidad que se toma con frecuencia en las casas se ha convertido en parte esencial de la comida durante el Festival de las Muñecas. Fue Akira, con mayor seguridad en el uso del inglés, quien nos relató en qué consiste dicha celebración.

_El tres de marzo, fecha de la festividad, las niñas muestran las muñecas “hinaningyo” y copas de sake blanco dulce, hecho con arroz y levadura de “koji”. Ése es el único día del año en que a las niñas les está permitido tomar alcohol y beben un poco de ese sake.

Susan apartó en un rincón de su plato las almejas que le habían servido porque le producían cierta aprensión y su madre se apresuró a indicarle con un ademán que no las rechazase, puesto que su negativa a comerlas podría molestar a Chinako, pero Chinako reparó en el aviso y la disculpó comentándonos que a los japoneses siempre les han gustado las almejas ya que nunca se encuentran dos iguales, y ésa es la razón por la que constituyen el símbolo de la armonía y felicidad de una pareja.

Durante el transcurso de la comida intercambiamos curiosidades de ambas culturas y la atmósfera enrarecida con la que iniciamos el encuentro se fue haciendo paulatinamente más respirable. En mitad de la sobremesa, Ken se puso a llorar, le habíamos dejado en el gabinete para que pudiera dormir tranquilo y Susan salió corriendo a buscarlo regresando con él en brazos. Todas las miradas se fijaron en el pequeño Ken que abría la boca mientras se frotaba los ojos. Los respectivos abuelos se disputaban el honor de cogerlo y entretenerlo y Midori y yo nos dirigimos un gesto de connivencia felicitándonos por el buen curso de los acontecimientos. La tertulia prosiguió animada, bebimos sake, probamos unos deliciosos pasteles de camote que había preparado Chinako y Akira nos recitó un “haiku”, un poema corto de tres versos que no riman y que para cualquiera que no sea japonés versado carece de sentido alguno.

_Un pulpo dormita/ ociosamente pensativo en la olla/ Y, por encima, la luna de verano.

Ante nuestra incapacidad notoria para entender el significado de aquella poesía y su, para nosotros, aparente falta de lirismo, Akira nos explicó que aquel “haiku” fue escrito por Matsuo Basho hace trescientos años, y que en él se puede apreciar el sentido humorístico del pathos que representa el pulpo del poema y que nos recuerda nuestro propio destino, vivir con muchas expectativas que luego terminan en nada. Le agradecimos sus explicaciones y nos quedamos sin captar la vis cómica ni la filosofía existencialista del poema en cuestión.

Había transcurrido media tarde y Ken empezó a ponerse insoportable, se le veía molesto, lloraba con un gemido ronco y estaba acalorado. Rose le tocó la frente.

_Está ardiendo. Voy a buscar el termómetro _exclamó alertada.

Midori cogió a Ken y yo me acerqué a ellos, después de tomarle la temperatura decidimos llevarle a urgencias, tenía casi treinta y nueve grados y no paraba de llorar. Midori y yo salimos alarmados hacia el hospital y los Takakura se quedaron a la espera de nuestras noticias en casa de mis padres.

Tras una exhaustiva exploración clínica, el pediatra que reconoció a Ken nos tranquilizó, según parecía, no era nada grave, se trataba de un simple resfriado complicado con una ligera otitis, nos extendió una receta con los medicamentos que debíamos administrarle y regresamos a casa para recoger a los padres de Midori. ¿Sufría una alucinación o Akira y mi padre reían amistosamente? Y yo que estaba convencido de que los músculos faciales de mi suegro no estaban preparados para reír. Era sorprendente la escena que contemplaban mis atónitos ojos, todos estaban la mar de divertidos charlando y el tema de conversación era yo, mis padres les narraban a los Takakura trastadas de mi infancia, y los traidores de mis hermanos añadían algunos detalles jocosos que no me dejaban muy bien parado. No pude enfadarme con ellos, para mí lo primordial aquel día era que ambas familias hubieran congeniado tan rápidamente.