Capítulo 75

Ken se despertó de madrugada, era mi noche de guardia, de manera que me tocó levantarme. Le di el biberón, le cambié los pañales y lo volví a dejar en su cuna. Aún no había salido de la habitación cuando comenzó a llorar de nuevo, intenté calmarlo, pero en vista de que el llanto se alargaba y para que no despertase a todos, bajé con él en brazos y nos tumbamos en el sofá del salón. Ken quería jugar, y de nada sirvieron mis esfuerzos por hacerle entender que su sacrificado padre necesitaba dormir un rato antes de ir a la oficina.

Debí quedarme dormido con Ken recostado sobre mi pecho porque de improviso me despertó un grito fuerte seguido de un ruido indescriptible, el corazón se me subió a la garganta, me incorporé de inmediato y con mi hijo dormido entre los brazos me acerqué hacia el lugar de donde provenía el sonido. Pasaron unos segundos antes de que pudiera discernir entre si tenía una pesadilla o estaba viendo a mi suegro realizar unos metódicos movimientos con una espada en la mano. Mis ojos no eran una referencia muy fiable en aquel instante, aunque estaba casi seguro de que era Akira quien se movía por el otro extremo del salón blandiendo una espada de bambú. Me acerqué hasta él para corroborar mis sospechas, Akira practicaba “kendo”, no vestía la camisa cruzada, ni los pantalones amplios en forma de falda, tampoco llevaba careta ni peto, pero con su espada realizaba una especie de entrenamiento ritual, me quedé allí de pie mirándole ejecutar su depurada técnica. Al finalizar sus ejercicios se disculpó por haberme despertado y me explicó que cada día al levantarse practicaba “el camino de la espada”, que además formaba parte de su entrenamiento como policía. Se sentía muy orgulloso de seguir esta disciplina que pone especial énfasis en la paciencia y que mantiene en la actualidad el auténtico código de valores morales del “samurai”.