Capítulo 74

Con la de catástrofes aéreas que se producen anualmente y la de aviones que secuestran cada año y el de mis suegros tomó tierra en San Francisco sano y salvo y a la hora prevista, ni siquiera traía retraso.

El cansancio acumulado que arrastraba desde que nació el niño me impedía sentir los nervios que me provocaban aquella visita. Mis anteriores reuniones con Akira habían durado solamente unas horas, y este tiempo fue más que suficiente para que por una u otra causa se suscitasen discrepancias entre nosotros. Ahora lo tendría alojado en mi casa durante ¡diez días!, le vería por la mañana, por la tarde, por la noche. Desayunaríamos juntos, cenaríamos juntos... Aquello podía acabar muy mal.

Saludé a mis suegros, recogimos el equipaje y efectuaron el trayecto del aeropuerto a casa mudos. Akira ocupó el lugar de honor en el coche, que según los japoneses es el asiento de atrás del conductor, y Chinako se puso a su lado. Yo les señalaba algún monumento o cualquier otro punto de interés turístico y ellos observaban con curiosidad cuanto pasaba ante sus asombrados ojos nipones.

Al llegar a casa Midori salió a recibirles con el pequeño Ken, Akira sonrió emocionado y tomó al niño en brazos con cuidado, luego se lo enseñó a Chinako que apenas conseguía contener las lágrimas. Les hicimos pasar a la sala, brindando a Akira el puesto de preferencia, que es siempre el más alejado de la puerta. Observé al máximo los pequeños detalles, no quería vulnerar la susceptibilidad de mi suegro dándole motivos de queja.

Se sentaron en el suelo, alrededor de la mesa pequeña y les ofrecimos un té. Cuando estuvieron más descansados les invitamos a conocer nuestro hogar, casi no podían creer que viviésemos nosotros solos en aquella mansión, y la verdad es que comparada con los cuarenta y nueve metros cuadrados de su vivienda en Tokio, nuestra casa era el Palacio Imperial. Les agradó mucho que la decoración incluyera algunos aspectos del tradicional estilo japonés que expresa el sentido estoico de la estética, el “wabi”, simplicidad y quietud, el “sabi” soledad y retiro y el “jimi”, modestia, y agradecieron a Midori el arreglo floral “ikebana” que había confeccionado para el que sería su cuarto. Al mostrarles el patio posterior, Akira sugirió que podíamos aprovechar el espacio para crear un pequeño jardín que terminaría de darle armonía a la vivienda, y se ofreció para, con mi permiso, poner algunas plantas. Acogí su propuesta reconocido y le dije que estaríamos encantados de que transformase aquel espacio en un vergel.

Después de dejar instalados a sus padres, Midori se retiró a la habitación para darle el biberón a Ken y yo fui a la cocina para ultimar los preparativos de la cena. Akira y Chinako aparecieron vistiendo sus “yukata”, se sentaron a la mesa y empezamos a cenar. Akira estaba muy comunicativo y no cesaba de elogiar a Midori y a su hijo, parecía haber olvidado que también era mío o acaso no deseara ni acordarse de ese detalle que ensombrecía su dicha. Mientras Midori y sus padres aprovechaban la sobremesa para hablar en japonés de sus familiares y amigos y se ponían al día en los avatares acontecidos en sus respectivas vidas desde su separación, yo me fui a la cocina a preparar el último biberón de Ken.

Me despedí de ellos, que continuaron charlando, y me fui a acostar. Me sentía feliz por Midori, para ella significaba mucho la visita de sus padres, y para mí también, aunque por otros motivos bien distintos.