Capítulo 72

No hay palabras que puedan describir lo que se experimenta al tener el pequeño cuerpecito de tu hijo agitándose entre tus brazos. Uno no puede evitar sentirse orgulloso de su obra y abrumado por el peso de la responsabilidad, experimentas sentimientos contradictorios: felicidad, temor. Piensas si serás capaz de educarlo correctamente, de cuidarle como es debido, de ofrecerle el amor justo para no crearle traumas por defecto o por exceso.

Superada la fase inicial que te mantiene en un estado de idiotez absoluta durante los primeros días, toca enfrentarse con la realidad. El bebé llora cada tres horas reclamando alimento, hace pipí continuamente y regurgita leche agria sobre tu camisa limpia justo antes de que salgas a trabajar. Te obliga a pasar noches en vela intentando desesperadamente hallar la causa de su llanto, y cuando has eliminado todos los posibles y terribles males que le acechan, le has cambiado el pañal por enésima vez, has probado a darle de comer, le has cantado todas las canciones que tu cerebro ha logrado recordar y te debates entre la opción de llevarle rápidamente al servicio de urgencias más próximo o estrangularlo sin contemplaciones, el niño se duerme al fin. Vas a acostarte porque ya no te sostienes en pie, miras la cama como el destino más deseable y antes de caer rendido sobre ella suena la alarma del despertador anunciándote que es la hora de levantarse.

Pasas el día igual que un zombie, tomando un café detrás de otro para conseguir mantener abiertos los ojos, al margen de la realidad, y encima eres tan masoquista que sólo piensas en volver a casa para encontrarte de nuevo con tu hijo. Cuando te mira con sus ojos tiernos y dulces, aprieta tu dedo con su manecita y crees que te sonríe, te recompensa de tal manera que hace que se te olviden los malos ratos y no cambiarías su llanto por nada del mundo.

Midori y yo asumíamos la paternidad con resignación. ¿De qué otro modo puede sobrellevarse? Nos faltaban horas, nos faltaban manos y nos sobraba inexperiencia para enfrentarnos al tirano que nos imponía con su llanto una nueva pauta. Nos habíamos habituado a no dormir, a no comer a una hora concreta, a no tener vida propia, habíamos dejado de ser personas para ser exclusivamente padres.

En este estado de cosas llegó la fecha en que nuestro retoño cumplía siete días, Midori quiso seguir la tradición y le bautizó caligrafiando su nombre en una hoja que luego colocó junto a la almohada del niño, su nombre sería Ken Akira Harris, llevando el nombre de los dos abuelos pretendíamos no indisponernos con nadie y dejarlos a todos contentos.

Vinieron las visitas y los regalos, ropa, animales de peluche, bañera, cochecito, trona, creo que Ken disponía de lo necesario hasta que fuese a la universidad. Mi amigo Andy y su compañera Tracy le regalaron una bicicleta, es que Andy es muy previsor. Cuando vio al niño, lo primero que se le ocurrió decir fue.

_¿Estás seguro de que es hijo tuyo? _le dirigí una mirada asesina_ Vale, vale. No es que cuestione tu contribución poniendo en tela de juicio la fidelidad de Midori, pero tienes que admitir que no se te parece en nada.

En efecto, Ken no tenía ningún rasgo en común con su progenitor, o sea, yo. Era un niño pequeño, de cabello negro y tez cetrina, ojos oscuros y ligeramente rasgados y boca, sí, tal vez la boca se asemejara a la mía. Aunque, sinceramente, lo que me mortificaba más era que, al enfadarse, veía en él el vivo retrato de Akira, y es que la genética puede llegar a ser bastante cruel.