Capítulo 70

Durante la cena le comenté a Midori aspectos de mi viaje a Tokio, la entrevista que mantuve con sus padres, el reencuentro con mis antiguos colegas, las agotadoras jornadas de trabajo y mis meteduras de pata en la ceremonia del té a la que fui invitado.

Yo no tenía ni la más remota idea de en qué consistía este ritual. Entré en la estancia llamada “suyika”, que originariamente significa, morada de la fantasía, y me puse, como todos los participantes, de rodillas sobre los tatami. Primero nos ofrecieron un plato con pasteles de colores: blanco, azul, rosa, amarillo y verde, y yo dudé sobre cuál elegir porque, conociendo a los japoneses, me temía que habría que seguir algún orden determinado, pero no. A continuación, se ha de saludar a la persona que está a nuestro lado y decirle “usted primero”, tomar un pastelito y pasar el plato al siguiente, ¡ah! el pastel hay que comerlo tapándose la boca con una pequeña servilleta de papel, algo que yo no hice. Mientras tanto una señorita prepara el té a los invitados. Cuanto se recibe la taza, hay que colocarla sobre la rodilla izquierda, yo no lo sabía, y saludar otra vez al vecino para decirle de nuevo “usted primero”, también ignoraba esto. Acto seguido se debe colocar la taza frente a uno y saludar y agradecer al que ha preparado el té, con la mano derecha se pone la taza en la mano izquierda y luego hay que acercarla dos o tres veces a la boca antes de beber un té amargo hasta la repugnancia.

Midori se rió mucho con mis apuros, lo que le hizo menos gracia fue el asuntillo del café “dohan”.

_Una mujer no debe conocer ciertos actos de su marido, es mejor para ella. Todas suponemos, pero nadie se atreve a saber, no sería educado _expresó Midori con convicción.
Respiré tranquilo, si llego a explicarle esta anécdota a Dianne, hubiéramos tenido una bronca monumental. Por suerte para mí, las mujeres japonesas son mucho más tolerantes que las norteamericanas.