25 de agosto de 2007

Capítulo 69

Al día siguiente, salí temprano de casa, tenía previsto ocuparme de cierto asunto. En primer lugar fui a la plaza Unión y después de visitar varias tiendas compré un regalo. Llamé a Midori por teléfono y le dije que se vistiera muy elegante porque iba a pasar a recogerla para comer fuera, regresé a casa y me puse uno de mis mejores trajes, Midori me observaba llena de curiosidad, en cuanto ambos estuvimos listos, bajamos al garaje, nos metimos en el coche y yo conduje hasta el hotel Sheraton Palace, una vez allí pasamos al lujoso restaurante. Midori estaba maravillada en medio de aquel escenario, el boato del hotel más antiguo de la ciudad, con su impresionante jardín de palmeras y su cúpula de cristal, era el marco perfecto que requería una ocasión tan especial. Nos sentamos a la mesa que había reservado previamente y degustamos un soberbio menú, a los postres saqué del bolsillo de mi americana un pequeño paquete rojo atado con un lazo plateado, lo coloqué sobre la mano temblorosa de Midori y le pedí.
_Ábrelo.

Ella obedeció. Separó con cuidado el envoltorio de la caja y al abrirla extrajo el solitario con un diamante que le había comprado. No se atrevió a sacar la joya de la caja y me miró a los ojos emocionada.

_Debería haber hecho esto mucho antes, cuando te pedí que fueras mi esposa, pero en aquel momento no podía permitírmelo. Te quiero, Midori. Cada día que pasa me siento más afortunado de tenerte a mi lado _le coloqué la sortija en el dedo y ella la admiró lucir en su mano y me dedicó una sonrisa cargada de afecto.

Después de una silenciosa sobremesa en la que sobraba cualquier otra cosa que no fuese el fuerte sentimiento que nos unía, fuimos a casa de mis padres, les había telefoneado para que nos esperasen con Daniel y su familia. Desde el instante en que nos reunimos, todos tuvieron la impresión de que aquélla no sería una visita como las otras, y acertaron, si les había convocado era porque deseaba dejar claros los planteamientos básicos que deberían regir en adelante nuestra relación familiar.

_Tengo algo importante que comunicaros _dije quedándome de pie en la sala mientras los demás estaban sentados alrededor de la mesa.

_Sabía que algo os pasaba _me interrumpió mi madre muy alarmada.

_No os separaréis, ¿verdad? _preguntó Daniel con miedo.

_¿Queréis dejar de hacer conjeturas precipitadas y atenderme, por favor? _se hizo el silencio, todas las miradas se fijaron en mí_ Midori y yo os agradecemos muchísimo todo lo que estáis haciendo por nosotros desde que llegamos. No hay palabras para elogiar vuestros esfuerzos por ayudarnos en cuanto hemos necesitado, pero a la par habéis desarrollado una actitud proteccionista respecto a Midori que tiene que acabar. Conseguís, sin pretenderlo, que se sienta incómoda, no puede desarrollar ninguna iniciativa personal porque vosotros se la censuráis y le imponéis vuestras ideas. Para ella ya resulta bastante complicado adaptarse al cambio cultural que está viviendo, no se trata de que abandone sus costumbres para adoptar las nuestras, de lo que se trata es de que en nuestro hogar ambas culturas confluyan en una sola, sin que prevalezca una sobre otra. No es justo que le inculquéis a Midori las tradiciones americanas y nuestros valores patrióticos, que reciba clases de cocina, de limpieza, de decoración o vestuario. Ella es una persona adulta, tiene su propia manera de ser, de pensar y de actuar y os agradecería que respetaseis sus criterios y fueseis más tolerantes _concluí con mi argumentación.

Todos guardaron silencio tras mi disertación, supongo que les molestaba reconocerlo, pero lo cierto es que se habían extralimitado al intentar hacer de Midori otra norteamericana a nuestra imagen y semejanza. Mi padre fue el primero en admitir la razón de mis argumentos, guiados por la mejor voluntad habían pretendido que Midori asumiese por propias unas costumbres diferentes, deseaban que se encontrase tan arropada y protegida por la familia que la estaban ahogando sin quererlo. Daniel también reconoció su parte de culpa, el día de Acción de Gracias la familia se había reunido sin mí, ya que estaba en Tokio, llevaron a Midori a la iglesia y le enseñaron a preparar una comida tradicional: el pavo, el relleno, la salsa... Rose reconoció que quizás se entremetía demasiado en el modo de vestir de Midori y en la manera en que debía ordenar y llevar la casa.

A mi madre le costó aceptar que las lecciones gratuitas que le impartía a Midori sobre el embarazo, la maternidad y la educación del bebé, así como su afán por arreglarnos la existencia, era desmedido, y le enojaron un poco mis palabras.

_No te preocupes, hijo. En adelante no iré a molestar a tu casa ni me meteré en vuestra vida _concluyó herida.

_Mamá, no tergiverses mis palabras. Yo no he dicho que nos molesten tus visitas diarias ni tus consejos, sólo intento que comprendas que Midori y yo necesitamos una parcela privada, hacer las cosas a nuestra manera y no como tú ordenes _manifesté sin querer incomodarla, pero haciendo hincapié en mis peticiones.

_Lo he entendido perfectamente. Tranquilos, no volveré a hacerme la pesada _replicó mi madre disgustada por mi exposición.

_El tío Bruce no quiere decir eso, abuela _intervino Susan que había escuchado atentamente la discusión familiar_ Él y Midori se acaban de casar y quieren estar solos, no les apetece que nadie se presente en su casa sin avisar y les diga cómo tienen que poner la cama del dormitorio o qué deben cenar. Conmigo hacéis lo mismo y ya estoy hasta las narices.

Susan nos sorprendió a todos, ella había captado perfectamente mis deseos porque también se sentía manipulada y aprovechó la ocasión que se le presentaba para reivindicar su derecho a una mayor libertad. Al final se hicieron buenos propósitos para enmendar antiguos errores y la concordia volvió a reinar.

_¿Os quedáis a cenar? _preguntó mi madre conciliadora.

Rehusé su amable invitación, había permanecido separado de Midori demasiados días y me apetecía disfrutar a solas de su compañía. Nos despedimos y regresamos a nuestra casa.