18 de agosto de 2007

Capítulo 68

Llegué a casa destrozado por el viaje, dejé las bolsas en la entrada y fui al encuentro de Midori, ella, mi madre y Rose se hallaban en la sala. Yo me dirigí hacia mi mujer para abrazarla y al estrecharla contra mi pecho, comenzó a llorar en silencio.

_¿Qué tienes, Midori? ¿Estás bien? _como no me respondía, formulé la pregunta a mi madre_ ¿Ha ocurrido algo?

Mi madre hizo un gesto de ignorancia.

_¿Por qué no te acuestas un poco? Pareces cansada _le propuse.

_Estoy perfectamente, no hace falta que te preocupes _contestó Midori con aspereza, secándose las lágrimas y apartándose de mí.

Mi madre quiso intervenir en lo que ella pensó era una disputa.

_Bruce sólo se interesa por tu salud, es natural que lo haga en tu estado _le dijo casi como una recriminación a Midori.

_Mamá, por favor, no intervengas _reaccioné confuso ante la respuesta de Midori.
_Sharon, será mejor que nos vayamos _pidió Rose a mi madre_ Ahora que Bruce está aquí, Midori ya no nos necesita.

Midori subió a la habitación y yo acompañé a la puerta a mi madre y a mi cuñada que estaban algo confundidas.

_Hijo, ¿qué os pasa? ¿Os habéis peleado? _me interrogó mamá.

_No, no nos hemos peleado, vete tranquila _le rogué a mi madre.

Cuando se fueron corrí al lado de Midori, se había estirado sobre el “futon” y advertí que su vientre había aumentado de volumen y también había cambiado de aspecto durante mi corta ausencia. Me tumbé a su lado y con suavidad coloqué mi mano sobre el bebé, notaba sus movimientos a veces suaves y casi imperceptibles, en ocasiones bruscos y vigorosos.

_Bien, ya estamos solos. Quiero que me expliques qué es lo que sucede _le pedí.

_Te lo ruego, no te ofendas, pero es que no puedo soportarlo más, estoy agobiada por tu familia, no me dejan en paz ni un minuto. Tu madre y Rose vienen cada día a visitarme o me obligan a ir a sus casas, no permiten que haga nada, ellas limpian y cocinan, me dicen cuándo he de salir a pasear o acostarme para descansar, me recomiendan qué he comer y no paran de darme consejos sobre el modo en que tengo que cuidar y educar a nuestro hijo. Deben pensar que no soy capaz de ocuparme correctamente de una criatura, de mi hogar o de ti _me confesó Midori apesadumbrada.

_Te comprendo _comenté yo retirándole el cabello que le caía sobre la cara_ y les entiendo a ellos. Lo hacen con la mejor voluntad, únicamente pretenden ayudarte, hacerte las cosas más fáciles, quieren que sepas que no estás sola, que son tu familia y están ahí para cuando los necesites. Aunque tal vez se hayan tomado sus papeles demasiado al pie de la letra.

_Sé que les debo respeto y gratitud, pero me hacen sentir mal, como una inútil _gimió Midori sin mirarme.

_Lo sé, no te inquietes, yo lo solucionaré _le garanticé_ Ahora háblame de ti. ¿Cómo estás?

_La semana pasada me hicieron una ecografía. Al final me decidí a saberlo de antemano, es un niño, y está preparado para nacer. El médico dijo que es cuestión de días _comentó más alegre.

_¡Un chico! _exclamé yo alborozado_ Es fantástico.

Estaba muy contento por la noticia de que mi hijo sería un varón, no tenía ninguna predilección por el sexo de la criatura, pero me agradaba que fuera un niño. La espera me producía gran ilusión y nerviosismo, aunque mi principal motivo de intranquilidad era el comportamiento de mi familia respecto a Midori. Ella tenía razón en cuanto me había relatado, resultaban asfixiantes con sus buenas intenciones, habían adoptado a Midori igual que si fuera un ser ignorante al que hay que instruir, la protegían en exceso, la controlaban, la atosigaban con sus cuidados y ella, obligada por la cortesía y el respeto que les debía, transigía con todo por no herirles ni a ellos ni a mí, padecía en silencio la impotencia de no poder hacer nada por remediar la situación. Mi madre o mi cuñada le aconsejaban qué comprar y dónde, cuál era mi comida predilecta que debía aprender a cocinar, la forma de limpiar y arreglar la casa, incluso la ropa más adecuada para vestir. Sin darse cuenta coartaban cada una de sus iniciativas y la sometían a un continuo examen que ella intentaba superar a fuerza de dejarse la salud en el camino.

Me urgía remediar tanto desatino, hablaría con mi familia y les haría entender que Midori era una persona adulta y responsable, que sabía desenvolverse perfectamente sin que velasen por ella de una forma opresiva.