28 de julio de 2007

Capítulo 65

Hice las maletas y me aprovisioné de regalos para ofrecer a mis compañeros. En Japón cualquier excusa es buena para hacer un obsequio, un amigo que llega, otro que se va, una invitación...

El regalo también está institucionalizado, hasta el extremo de que, según la ocasión, requiere de un envoltorio diferente. Por ejemplo, el dinero que se obsequia en una boda ha de ir en un sobre, “noshi-bukuro”, con unos cordones rojos y blancos que lleva impresa la palabra “kotobuki”, felicidades. En otras ocasiones felices, los cordones serán dorados y plateados y para un funeral los colores deben ser el blanco y el negro. Una de las normas respecto al dinero es que, cuando se regala, han de ser billetes nuevos, sin usar, y en cantidades impares para evitar la mala suerte.

De nuevo el Pacífico por medio. Este viaje sería breve, tenía la duración prevista de una semana, pero, conociendo a los japoneses y sus particularidades a la hora de llegar a un acuerdo, era más que probable que se tuviera que alargar, eventualidad que no deseaba bajo ningún concepto.

Me instalé en un hotel para ejecutivos donde las habitaciones eran tan pequeñas que casi tenía que dormir con los pies en el pasillo. Me reuní con algunos de mis antiguos colegas e intercambiamos tarjetas y regalos, esta vez el recibimiento y el compañerismo eran diferentes, yo ostentaba un cargo de responsabilidad, ya no era el extranjero al que había que enseñárselo todo, contaba con una buena preparación para desarrollar mi cometido y ésa era mi principal obsesión, hacerlo bien.

Después de dos días de intensas negociaciones, el jefe de relaciones de una empresa filial llegó tarde a la reunión, se excusó con la tópica disculpa japonesa: “Debido a un inconveniente”, que no aclara ni compromete a nada, y en compensación por su tardanza matinal, nos invitó al grupo de delegados a un local “dohan-kissa”. Un café “dohan” es un club donde desde los asientos hasta la iluminación favorecen los acercamientos personales con “azafatas”.

Para mí supuso un serio contratiempo. Cuando un hombre de negocios ofrece los servicios íntimos de una mujer a otro hombre, le está dando muestras de hospitalidad, rehusar el ofrecimiento ofendería gravemente al anfitrión, por no hablar del estado en el que quedaría la cuestionable virilidad del otro. Ésa era a grandes rasgos mi delicada situación, no podía negarme a ir y tampoco quería asistir. El güisqui corría por la mesa y las señoritas vinieron atraídas por el dinero, la compañía de estas mujeres jóvenes y hermosas se utiliza en las relaciones de negocios para sellar tratos, es la actividad más privada que pueden compartir los hombres y crea entre ellos una camaradería especial de confianza mutua.

Tal y como estaban las cosas, no podía rechazar a mi acompañante aquella noche, yo intentaba postergar la hora de la verdad, la mayoría de mis colegas se habían perdido entre los cojines y rincones oscuros e inevitablemente llegó el momento en que yo me vi obligado a hacer lo propio. No quise humillar a la joven que aguardaba a mi lado y fuimos a un reservado, ella me quitó la chaqueta y me desanudó la corbata, empezó a acariciarme y mientras lo hacía, yo solamente pensaba en Midori. No me apetecía y tampoco debía corresponder a las muestras afectuosas de la complaciente mujer. Cuando intentó abrirme el cinturón di un respingo y salí huyendo hacia el lavabo, me mojé la cara y al regresar fingí encontrarme mal por haber bebido demasiado, le acaricié la mejilla a mi compañera y le pedí disculpas por mi indisposición, ella se vio liberada de su compromiso y los dos nos sentimos aliviados. Volvimos a reunirnos con el grupo simulando haberlo pasado bien, afortunadamente la fiesta había terminado.