7 de julio de 2007

Capítulo 62

Por desgracia la felicidad nunca es eterna. Midori empezó a no sentirse bien, se encontraba cansada y falta de energía, yo lo achaqué al excesivo trabajo y a la presión que habíamos soportado desde nuestra llegada y la animé alegando que después de unos días de normalidad en nuestras vidas estaría mejor. No resultó así, tenía el semblante pálido, ojeras y parecía tan espantosamente agotada que le rogué que fuera al médico cuanto antes, empezaba a preocuparme seriamente por su salud.

La acompañé a hacerse una revisión, pedí unas horas libres en la oficina y fuimos juntos al hospital para que le realizasen unas pruebas. Mi familia también estaba inquieta y aguardaba nerviosa el diagnóstico del doctor.

Cuando el médico que la atendió nos llamó a su despacho, yo estaba espantado.

_Alegre esa cara, señor Harris _me dijo_ Su esposa está embarazada.

Casi me desmayo al oírlo, iba a ser padre. Aquella noticia era el colofón que me faltaba para reventar de dicha. Calculamos la fecha, la criatura había sido engendrada en Japón, quizás durante la apasionada noche que pasamos en el Meguro Emperor. Por primera vez en mucho tiempo era infinitamente dichoso, atrás había quedado la penosa ruptura con Dianne, mi retiro voluntario a Tokio, mis peripecias allí, el estrés de las últimas semanas. Ahora tenía a la mujer que amaba y por si fuera poco esperaba un hijo, había conseguido una casa que sería nuestro hogar, cuando después de muchísimos años saldásemos la deuda contraída con el banco, en el trabajo estaba muy bien considerado, incluso me habían ascendido de categoría y de sueldo. No podía aspirar a nada más.

Midori llamó por teléfono a sus padres para comunicarles la noticia de su embarazo. Me hubiera gustado ver la cara de Akira al saber que tendría un nieto norteamericano, quise pensar que su alegría era sincera al felicitarnos a ambos por el advenimiento. Mis padres también estaban locos de contento, para mi madre su pequeño Bruce se había convertido al fin en adulto por obra y gracia de la paternidad. Daniel y Jane se sumaron al alborozo general y mi sobrina Susan suspiraba por hacer de canguro para el bebé. Midori era quien con menor efusividad demostraba su entusiasmo, seguía al pie de la letra las indicaciones de su ginecólogo, descansaba bastante, daba paseos con Rose o con mi madre, había dejado de trabajar, aunque su jefe prometió llamarla si algún día necesitaba de sus servicios, y se preparaba ilusionada para el nacimiento de nuestro hijo. Nuestra vida era exactamente tal y como la habíamos planeado.