30 de junio de 2007

Capítulo 61

Disponía de una semana de plazo antes de incorporarme al trabajo y quise dejar las cosas un poco encarriladas antes de que el apretado horario me impidiese realizar el sinfín de trámites pendientes por hacer. En pocos días formalizamos el contrato de compra de nuestra vivienda, hicimos las gestiones para legalizar la situación de Midori en el país, visitamos tiendas de muebles, compramos los útiles del hogar... Vivíamos a un ritmo tan acelerado que por las noches nos costaba desconectarnos de tanta actividad y dormir como es debido para recuperar fuerzas.

Insté a Midori para que se entrevistase con el librero y ella acabó por aceptar mi sugerencia, regresando de la reunión muy optimista, el trabajo era para cuatro o seis semanas, pero había visto el ambiente y le pareció agradable, así que la animé a intentarlo y me hizo caso.

A la hora de decorar la casa se nos plantearon algunas dificultades, cada miembro de la familia exponía su criterio y nos daba ideas, hasta que me vi forzado a pedirles que entendieran que aquella vivienda era de Midori y mía y la arreglaríamos a nuestro gusto. La cocina estaba prácticamente equipada, solamente necesitaba el menaje, en la sala pusimos lo imprescindible y el dormitorio se lo dejé a Midori para que lo acondicionara según sus preferencias. El resto de la casa tendría que esperar aún unos cuantos lustros hasta que pudiéramos terminar de amueblarla.

Mi primer día de trabajo me resultó peculiar, ya estaba habituado al ritual matutino de las canciones y los discursos del gerente, a las reverencias y saludos con mis colegas, a hacer las cosas de determinada manera y ahora tenía que desprogramar mi cerebro para poder volver a conectar con la realidad actual.

Llevábamos casi un mes en San Francisco y la vida delirante que vivía en poco se diferenciaba con la de Tokio, la única mejora experimentada era la de no ser despachurrado y pisoteado en el metro a horas puntas, ya que disponía de mi propio vehículo para moverme de un lado a otro. Midori había empezado a trabajar y, al llegar a casa, mi madre lo tenía todo a punto para que pudiésemos cenar temprano y acudir a ultimar los detalles de nuestra nueva residencia.

Una tarde al salir de la oficina fui a nuestro domicilio directamente, Midori me había indicado que así lo hiciese, me tenía reservada una sorpresa. Cuando llegué me pidió que la acompañase al piso superior donde pensábamos instalar nuestro dormitorio porque acababan de colocar los muebles. Debo reconocer que me pilló desprevenido. Estaba decorado al estilo japonés. Había un “futon” sobre una gran alfombra trenzada que presidía la habitación tapizada en seda de colores suaves. Un precioso arreglo floral “bonkei”, con arena y piedras de entre las cuales manaba una pequeña fuente de agua, captaba el espíritu minimalista japonés por la belleza y el arte, era una reproducción a escala de un paisaje de la naturaleza que confería a la estancia una aura cálida y acogedora y sobre todo de una gran paz. Estreché a Midori que aguardaba mi beneplácito.

_Es magnífico. Me encanta _reconocí admirado por la gran labor realizada en la habitación.

Ella se mostró complacida por mis palabras.

_Quiero que nos traslademos inmediatamente _le dije entusiasmado.

Aquella misma noche, después de cenar con mis padres, cargamos en el auto los últimos enseres que nos quedaban en su casa y nos mudamos. Todo estaba lleno de cajas, envoltorios y bolsas, aquello era un caos, pero no importaba, era nuestro hogar, y allí, junto a Midori, me sentía optimista, feliz y el más afortunado de los hombres.