Capítulo 60

Tomamos tierra en el SOF, el aeropuerto de San Francisco. Mi hermano Daniel estaba aguardando con su coche ranchera, nos ayudó con los bultos y nos llevó a casa de mis padres, que esperaban impacientes nuestra llegada.


No sabría determinar el motivo por el que me encontraba tan decaído, había anhelado durante año y medio mi vuelta y ahora que mi deseo se convertía en realidad, era incapaz de disfrutarlo. Aquella ya no era mi casa, era el hogar de mis padres, y yo echaba de menos mi rinconcito junto a Midori. A mis padres les sorprendió mi apatía y se inquietaron pensando que podía ocurrirme algo, tuve que tranquilizarles lo mejor que pude y procuré poner buena cara.


Midori y yo volvimos a instalarnos en mi antigua habitación, dejamos las maletas junto a la cama, pero yo carecía de fuerzas para deshacer el equipaje. Me dejé caer en el lecho dominado por una sensación extraña y desconcertante, Midori se sentó junto a mí agitada y yo la abracé asiéndome a ella como si fuera un hada madrina con el poder de resolverme la vida por ensalmo. Estaba agotado por el viaje y el traqueteo de los últimos días y necesitaba descansar. Me pareció dormir una semana seguida y al despertar me costó reconocer el lugar donde me hallaba, en cuestión de horas había dejado atrás lo que hasta entonces había configurado mi entorno y ahora tenía que reencontrarme con lo que fue mi pasado y sería mi futuro.


Al verme aparecer en la cocina, mi madre intranquila me preguntó.

_¿Va todo bien?

_Sí, mamá _respondí cogiendo una botella de zumo de la nevera.

_No sé, ayer Midori y tú teníais unas caras... _dijo dudando de la veracidad de mi réplica.

_Son diez horas de vuelo y diecisiete de diferencia horaria. ¿Qué cara quieres que tengamos? _me justifiqué.

_A mí no me engañas, Bruce _se apresuró a rebatirme mi madre_ ¿Qué pasa?

_Creí que nunca lo diría, pero añoro Tokio. Ya me había acostumbrado a la contaminación, al ruido, a las multitudes. Aquí me encuentro raro, fuera de lugar _declaré sorprendido de mi reacción contradictoria.

Mi madre me acarició el cabello, tal y como solía hacer cuando era pequeño, y luego me besó.

_Es cuestión de tiempo _me aseguró persuadida.

Midori se reunió con nosotros, mi padre había ido a ver un amigo y regresó pasadas un par de horas bastante animado.

_Os traigo magníficas noticias _dijo eufórico nada más entrar_ Ya está todo resuelto.


Nosotros le miramos intrigados por conocer de qué se trataba.

_He hablado con un compañero que conoce al dueño de la librería Kinokuniya, necesita una persona que le ayude a organizar un fondo de libros que acaba de recibir y puede que, si Midori está interesada, le ofrezca un trabajo. Será por unas semanas, aunque es posible que se alargue _explicó desbordando entusiasmo.

Midori me lanzó una mirada llena de preocupación.

_Papá, acabamos de llegar y por ahora no nos hemos planteado el futuro laboral de Midori. Lo que más nos urge es solventar el asunto de la casa _expuse.

_Bruce, es una librería nipona. Representa una oportunidad para que Midori empiece a integrase aquí _mi padre se desinfló un poco, se le veía con grandes aspiraciones para nosotros y deseaba ayudarnos incondicionalmente.

_¿Qué opinas tú, Midori? _le pregunté a ella ya que era parte implicada.

_Yo agradezco a Ken-san que haya intercedido por mí, pero tal vez yo no sea la persona que buscan _respondió temiendo contrariar a mi padre.

Pero mi padre no se contentó con una negativa.

_Puedes entrevistarte con el propietario y si las condiciones no te convencen, siempre estás a tiempo de decir que no. No existe ningún compromiso por tu parte _expuso su punto de vista.

_Tiene razón _apunté yo_ Por hablar no pierdes nada, además, es un trabajo temporal, podías probar.

_Creo que no estoy capacitada para desempeñar ese tipo de ocupación, mi dominio del inglés es poco satisfactorio y tampoco estoy familiarizada con las costumbres de aquí. No quisiera poner en un compromiso al amigo de tu padre siendo indigna de su confianza _rechazó humildemente Midori.

_ Ya lo hablaremos con más calma _concluí sin dar por liquidada la cuestión.

También quedaba pendiente el tema que más me preocupaba y que yo consideraba una preferencia, la vivienda. Mi madre había apalabrado una casa en Steiner Street y debíamos verla al día siguiente.

Rose nos acompañó a visitar el que podría ser nuestro futuro hogar, era un edificio estilo Queen Anne, restaurado hacía poco por un matrimonio que acababa de divorciarse y tenía prisa en venderlo para repartirse los bienes comunes. La casa era preciosa, amplia y luminosa, y a mí me cautivó desde el primer instante. Midori la observaba asombrada, asumir que alguien pudiera vivir en una mansión tan grande, que para ella tenía las dimensiones de un palacio, le resultaba imposible. Hablamos del precio con la propietaria y mis ilusiones se volatilizaron, estaba fuera de nuestras posibilidades, a menos que no tuviéramos escrúpulos en atracar un banco o quisiéramos hipotecarnos hasta el día del juicio final. Le pedimos que nos diera veinticuatro horas para decidirnos y dejamos en suspenso el trato.

Rose nos animó a arriesgarnos, era una residencia antigua totalmente reformada, en una zona tranquila, lo tenía todo, hasta un precio monstruoso.

Cuando planteé la cuestión a mis padres, también nos alentaron. Ellos habían visto la casa con anterioridad y la consideraban una buena inversión.

_Pero, papá, tendría que vender mi alma al diablo para poder abonar tan sólo los intereses de la hipoteca _comenté sin acabar de verlo claro.

_Bruce, tu madre y yo tenemos un dinero ahorrado y hemos pensado daros una cantidad que os permita ir más holgados con los pagos _anunció mi padre queriendo vencer mi desmoralización.

_No puedo consentirlo, esos ahorros son para vuestra vejez _rehusé su amable ofrecimiento.

_Hemos ayudado económicamente a Daniel y a Jane y tú no eres menos que tus hermanos _intervino mamá_ Cuando nos jubilemos, entre tu padre y yo reuniremos una pensión con la que podremos vivir sin ahogos, no necesitamos ese dinero y vosotros sí. Estáis empezando y los comienzos son siempre difíciles, si de verdad os interesa la casa, nosotros os apoyaremos. Y no se hable más.

Midori y yo pasamos la noche haciendo más cálculos que los ingenieros de la NASA y ya de madrugada y rendidos por el cansancio, decidimos que aquella sería nuestra morada, aunque tuviéramos que vender nuestra sangre en el mercado negro para pagarla.