Capítulo 56

Eran finales de marzo, la época en la que florecen los cerezos, según la costumbre hay que visitar los huertos de cerezos, y la familia Takakura se reunió de nuevo para acudir al parque Ueno. Midori había dispuesto una caja con “senbei”, las populares galletas de arroz, envueltas en algas y unos termos con té verde y sake caliente. Nos reunimos en un punto acordado y luego todos juntos recorrimos el impresionante campo de cerezos con distintas variedades y colores. Yamazaki-san me informó que había en el parque más de dos mil doscientos cerezos, y seguramente era verdad, jamás había contemplado un paisaje como aquél. También destinamos la visita a admirar los restos del templo Kan-eiji que fue quemado en los combates por la restauración Meiji. Pasamos la tarde en el parque, infinidad de personas compartían el mismo programa que nosotros abarrotando el lugar y al anochecer se encendieron cientos de farolillos de papel en una atmósfera festiva.

Nuestro grupo presentaba un aspecto ligeramente distinto al de situaciones anteriores, durante aquella celebración advertí el cambio ostensible que se había producido en las relaciones con mi familia política. Yo ya no era un convidado de piedra, ahora se percataban de mi existencia, me hacían participar en sus conversaciones, solicitaban mi opinión. Akira era el artífice de aquella súbita mutación, se aproximaba la fatal fecha de la marcha de Midori y de él dependía que regresase o desapareciera de sus vidas para siempre, Akira amaba a su hija y sus sentimientos hacia ella prevalecieron sobre sus prejuicios. Quizá sea aventurado aseverar que empezaba a aceptarme, pero yo así lo intuía a través de la extraña cordialidad con la que me hablaba. Aunque el miembro de la familia que mayor afecto me prodigaba era Miho, sentía mucho no poder comunicarme con ella porque era vital y espontánea, tenía la fortuna de campar por sus caprichos, sus padres le consentían cualquier cosa sin imponerle apenas disciplina, ella, de momento, manifestaba su personalidad sin restricciones.

Se hacía tarde y Miho, después de haber pasado el día sin parar, de un lugar a otro, estaba agotada, se sentó entre mis piernas adormilada y yo la mecí y comencé a tararearle una nana, era la misma canción que mi madre me cantaba a mí de pequeño y que luego le cantó a Susan las noches que se quedaba en casa porque sus padres salían. Todos me miraban acunar a la niña callados, no olvidaré sus rostros enternecidos ni la satisfacción contenida de Akira. Nunca sabré qué concepto guardaban de mí sus estructuradas mentes niponas, lo único cierto es que aquella noche algo intangible brotó entre nosotros y nos acercó.