19 de mayo de 2007

Capítulo 55

Midori deseaba que yo conociera el Festival de la Nieve que se celebra anualmente en el parque Odori, y el primer fin de semana de febrero aprovechamos para volar a Sapporo, en la isla norte de Hokkaido, en compañía de su amiga Yoko y del marido de ésta, Sazo. Hacía un frío espantoso y el paisaje era prácticamente polar, yo iba abrigado hasta las orejas, en mi vida había soportado una climatología tan adversa, y eso que Sazo, que hablaba un inglés muy loable, me aseguró que hacía muy buen tiempo. Él y Yoko acudían cada año a esquiar y a bañarse en alguna de las numerosas estaciones termales.

Me sentía cómodo con aquella pareja, era la primera ocasión en la que salía con amistades de Midori, Yoko y mi esposa se conocían desde niñas, habían sido vecinas y acudieron a la misma escuela, al casarse Yoko, la relación entre ambas se hizo menos frecuente, pero aun así continuaban siendo excelentes amigas. Sazo era un nipón bastante occidentalizado, sus numerosos viajes al extranjero, representando a una de las primeras firmas nacionales de material electrónico, le habían dotado de un barniz cosmopolita que se manifestaba en sus modales y en sus gestos.

Nos alojamos en Noboribetsu y después de un paseo por aquel sucedáneo de la Antártida propusieron ir a tomar un baño, yo me dejaba llevar, apuntándome a cualquier iniciativa que me alejase de la nieve y del frío, y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que el baño era al aire libre y en medio del hielo. Quise negarme y esperar en la habitación del hotel a que regresasen aquellos suicidas, aunque me presionaron tanto que no tuve más opción que unirme a ellos. Sazo y yo nos dirigimos al vestuario de caballeros y tras cumplir con el ritual de higiene preceptiva, vino la cuestión más peliaguda, había que salir a la intemperie completamente desnudo, puntualizo, cubierto por una púdica toalla del tamaño de un kleenex. Sazo me miraba divertido y es que la expresión de mi cara no debía ser para menos, nos acercamos por la nieve hasta el borde de la piscina, una enorme balsa burbujeante que desprendía vaho, y al poco llegaron nuestras esposas. Nos metimos todos dentro dispuestos a disfrutar de las excelencias del agua sulfurosa y yo lo hubiera hecho a no ser por un pequeño inconveniente, aquellas saludables aguas termales hervían. A ninguno de los allí congregados le incomodaba la temperatura del agua, al parecer yo era el único que la notaba demasiado elevada, debe ser porque la epidermis occidental no está acostumbrada a atentados de ese calibre. Sazo hizo una señal y una señorita se presentó en el acto para atenderle, le pidió que nos trajera sake y ella solícita se apresuró a traernos unos vasos que flotaban en un recipiente cuadrado, charlamos animadamente de cosas fútiles mientras bebíamos y después de un buen rato a remojo llegó el momento de salir. Solamente contemplar la nieve que nos rodeaba me daba pánico, porque el contraste de temperatura era capaz de matarte de una congestión pulmonar, así que entré en el vestuario a la velocidad de la luz y me cargué encima con toda la ropa que tenía para ir a comer.

Sazo era un hombre hiperdinámico que no paraba quieto, había programado aprovechar al máximo el fin de semana, quería esquiar, ver el concurso de Reina de la Nieve, las estatuas... Cuando tocó esquiar me negué en redondo. ¿Dónde se ha visto esquiar a un californiano, si no es en el mar? Por más que insistieron, Yoko y Sazo no me convencieron, y Midori y yo pasamos la tarde calentitos en nuestra habitación, al abrigo de una reconfortante calefacción y del calor natural que proporcionan dos cuerpos desnudos en estrecho contacto físico. Al reunirnos por la noche para cenar, Sazo nos relató sus hazañas en la pista de esquí, yo no quise referirle las mías por no suscitar envidias, aunque estaba convencido de haber gozado aquella tarde muchísimo más que él.

A la mañana siguiente fuimos a admirar las esculturas de nieve expuestas en la plaza Internacional. He de admitir que realizar aquellas impresionantes figuras en hielo convertía a sus autores en verdaderos artistas. El tamaño de algunas obras era colosal, recuerdo un palacio japonés rematado con un enorme dragón que podría pasar por auténtico, pero lo que más me gustó, patriotismo aparte, fue una reproducción casi a tamaño natural de la Estatua de la Libertad, al verla sentí un cosquilleo especial y me acerqué al equipo estadounidense que la estaba acabando de construir para saludarles y felicitarles.