12 de mayo de 2007

Capítulo 54

Una de las cosas que confunde al extranjero que llega al Japón es la cortesía con que es tratado por los demás. Cualquier desconocedor de la sociedad nipona atribuirá este trato exquisito que le dispensan durante su estancia a una amabilidad natural de las personas, pero nada más lejos de la realidad. Las continuas reverencias, las sonrisas que te prodigan, los regalos institucionalizados y las excusas que te ofrecen por el motivo más insignificante son elementos de un inquisitorial código establecido, que ahoga la espontaneidad de las personas y las somete al juicio inapelable de la conveniencia. Los japoneses han regulado todas las situaciones de la vida familiar y personal que se les puedan presentar y si ocurre algo imprevisto que escapa a sus normas, la reacción típica es la de incomodidad y embarazo. El protocolo actúa a modo de escudo defensivo ante posibles reacciones afectivas y el precepto omnipresente en cualquier relación acaba por volver loco al extranjero, poco avezado en lidiar con seres imperturbables, que jamás reconocerán, a no ser dentro de un reducidísimo entorno, que sienten o padecen por las mismas cosas que el resto de los mortales. Debido a sus ansias por causar una buena impresión, los nipones dan la falsa idea de disfrutar de corazón de su relación con un extraño, aunque en el fondo detestan el contacto con los desconocidos, a los que habitualmente consideran enemigos y competidores. Desean ser agradables, sí, pero guardando las distancias. Son generosos con su dinero y con su tiempo y posiblemente soliciten tu compañía para participar en reuniones, cenas, masajes y jolgorio en bares nocturnos, eso induce a pensar que te desenvuelves bien en su terreno, que te admiten, y en cuanto vas un paso más allá, confiando en que te aprecian sin restricciones, reparas en que su actitud era una farsa y que de repente han levantado ante sí una valla que nunca traspasarás a menos que demuestres que pueden sentir “sinyo” respecto a ti, o lo que es lo mismo, que les inspiras confianza y seguridad.

Al descubrir esta verdad me desmoroné. Había trabajado muchos meses con mis compañeros, día a día, codo con codo, estaba seguro de haber establecido unos vínculos que, no me atrevería a calificar de profunda amistad, pero sí de una gran camaradería. Me contaban sus escarceos de fin de semana, alardeaban conmigo de sus devaneos con las prostitutas que frecuentaban y yo tenía el convencimiento de haberme integrado en el grupo. Qué ingenuo. Bastó recibir la felicitación de mis superiores por mi esmerado trabajo para que automáticamente se hiciera el vacío a mi alrededor. Yo había ido a Japón para aprender su filosofía mercantil y luego poner mis conocimientos al servicio de otros intereses en otro país, por eso ellos me consideraban un traidor.