Capítulo 52

Cuatro meses en Tokio, la cuenta atrás había comenzado y me propuse que durante este lapso auyentaría mis complejos y mis neuras para dedicarme a disfrutar el tiempo que me quedaba allí.

Mi vida cotidiana se iniciaba a primera hora de la mañana, Midori era la primera en levantarse, preparaba su desayuno, que con pequeñas salvedades consistía en arroz, pescado y té, y el mío, zumo, cereales y café, luego me despertaba amorosamente. Desayunábamos juntos mientras ella miraba la televisión, salíamos hacia nuestros respectivos trabajos y no volvíamos a vernos hasta la noche.

Yo evitaba al máximo quedar con mis compañeros para ir de copas a la salida del trabajo. No compartía esa costumbre de ir a emborracharse día tras día alardeando de la resistencia de tu cuerpo al alcohol, podía tomar una cerveza, a lo sumo dos, pero dado que el grupo era numeroso y cada ronda invitaba uno, forzosamente habías de beber de seis a ocho cervezas y, como remate, el sake era obligado para poner fin a la velada. Tampoco participaba del hábito de sumergirme en lo que allí se denomina “el comercio del agua”, refiriéndose a bares y cabarets cuyo objetivo es favorecer los contactos sexuales. Si había algo que me impresionaba del comportamiento masculino era esa doble faceta de su personalidad, por el día se mostraban serios, formales e incluso sumisos, acatando sin objeciones cualquier orden de un superior por descabellada que fuera, y por la noche, tras una cuantas cervezas que les liberasen de sus inhibiciones, llegaban a desmandarse hasta límites insospechados, era lo que se llama “hacer la escalera” o ir de bar en bar.

Mis preferencias personales se inclinaban por otros gustos: regresar a mi apartamento y pasar una velada plácida con Midori, y eso que encontrarse el metro abarrotado hasta las ocho de la tarde disuade a cualquiera de volver a casa, o ir a cenar a algún restaurante.

Ya que menciono los restaurantes, me llamaba poderosamente la atención la función que desarrollan en ellos los cocineros, en la mayoría de locales uno presencia cómo unas expertas manos, que trabajan a velocidad de vértigo, te preparan un plato de “sashimi” en un segundo y delante de tus embobados ojos. Los alimentos están crudos o incluso vivos, como en una especialidad de pescado, cortado con tal arte que deja intacto el sistema nervioso del pez y éste llega al cliente moviéndose en el plato. A mí me resultaba sorprendente que estos hombres lleven el nombre de cocineros, ya que no cocinan nada, seguramente por ese motivo, en japonés, cocinero significa “el hombre delante de la mesa”.

Según comentaba, siempre que podía desertar, dejaba de lado al grupo y disfrutaba de momentos gratificantes con Midori. Conversábamos, hacíamos planes, escuchábamos música. No eran grandes cosas, pero compartiéndolas con ella me sentía feliz, y es que estando bajo los hechizos del amor es imposible encontrar nada mejor que la compañía del ser amado.