21 de abril de 2007

Capítulo 51

Cuando salimos del teatro, Akira propuso que fuésemos a un bar, éste era un evidente síntoma de sus ansias de entendimiento. Los japoneses piensan que es imposible conocer a una persona sin beber en su compañía y se encuentran incómodos si alguien se niega a hacerlo. La máxima expresión de buena voluntad, confianza y humildad es beber hasta la embriaguez, al menos, se debe fingir este estado para cumplir con la costumbre.

Entramos en un restaurante “yaki tori” tradicional, era un local con un mostrador y una hilera de bancos en lugar de sillas; se hallaba repleto de hombres que habían ido a comer, a beber y a pasar un rato agradable con los amigos. Nosotros saboreamos una especie de brochetas de pollo con cebolla y pimiento verde, bañadas en salsa de soja y, entre bocado y bocado, Akira me narró el origen divino del Japón.

En el principio de los tiempos reinaba el caos, hasta que por intervención divina surgió el mundo, el cielo y la tierra. De entre todos los dioses que poblaban el universo nacieron dos dioses hermano y hermana, Izanagi e Izanami, que tenían como misión estabilizar la tierra. Agarrados a un puente celestial, arrojaron una lanza al mar y de las gotas de agua que cayeron al extraer la lanza, surgieron las islas. Después la pareja divina destinó su vida a engendrar dioses y tierras, y cuando alumbró al dios del fuego, Izanami murió quemada viva. De esta unión habían nacido la diosa del sol, Amaterasu, la diosa de la luna, Tsuki y el impetuoso Susanoo. Un día enfadada con este último, Amaterasu se retiró a una cueva y el mundo quedó en tinieblas, para incitarla a salir de su retiro los dioses hicieron danzar a Uzume, conocida por su alegría, y mientras bailaba ésta perdió su vestido de una forma tan estrafalaria que todos los dioses se pusieron a reír. Intrigada, Amaterasu salió de la caverna y sorprendida por el reflejo de un espejo fue sacada por los dioses de su encierro y luego cerraron la cueva, así Amaterasu iluminó de nuevo el mundo. Para conquistar la tierra poblada por dioses pendencieros, Amaterasu envió varios emisarios, pero después de tres fracasos se decidió a enviar a su propio nieto, Jimmu, que fue el primer emperador de Japón, según la leyenda.

Escuché con atención las explicaciones de Akira y le agradecí su amabilidad al referirme aquella curiosa epopeya, entonces mi suegro se excusó rogándome que no atribuyera al orgullo la elección de la historia que acababa de escuchar. No comprendí el objeto de su disculpa, a menos que encerrase una malévola insinuación: su pueblo provenía directamente de los dioses y el mío de la escoria europea que fue a los Estados Unidos huyendo del hambre o de la justicia.

Ya no sabía a qué atenerme con Akira. Aquel hombre me desconcertaba. Desde que me atreví a enfrentarme a él, se disculpaba por cada cuestión que yo pudiera interpretar como una ofensa, pero percibía un matiz retador en sus excusas que me zahería.

Yo me esforzaba por integrarme, dentro de mis lógicas limitaciones, en una cultura que me era ajena, me atrevía a pronunciar algunas frases en japonés, la mayoría disculpas, mi casa era un hogar típicamente nipón y, para qué negarlo, sentía un gran afecto por el país del sol naciente, me admiraba una sociedad perfectamente ordenada, que va de vacaciones en grupo, siguen respetuosos las tradiciones, marcan con un exquisito ceremonial cada acto de su vida y viven desde la cuna según el ritmo marcado por hermanos, padres, maestros y empresa. No podía dar más muestras de buena voluntad y, sin embargo, Akira continuaba resistiendo en su trinchera, había llegado demasiado lejos para dar marcha atrás, su orgullo hipersensible permanecía casi intacto, y yo, cansado de una lucha estéril por lograr que algo cambiara entre nosotros, me limité a asumir la filosofía japonesa del “Lomo de pato”, o lo que es igual, dejé que todo me resbalase.