Capítulo 50

El teatro Kabuki, con una capacidad para mil quinientos espectadores, estaba completo. El escenario, de más de veinte metros de ancho, dispone de una pista giratoria y en la parte izquierda una especie de puente realzaba la entrada y salida de los actores, que todavía continúan siendo exclusivamente hombres.

Pertrechado con mi audífono guía en inglés para escuchar los comentarios de la trama, me dispuse a contemplar un espectáculo cuya insignificante duración era de cuatro horas y media. Akira estaba satisfecho con la elección de la obra, “La venganza de los cuarenta y siete ronin”, ya que se trataba de uno de los episodios más populares de la historia japonesa y eso, según él, me ayudaría a comprender nuevos aspectos de la cultura nipona.

Según el relato que iba escuchando, la representación se remontaba al mes de marzo de 1701. Asano, señor de Ako, es designado para recibir al delegado de la corte imperial de Kyoto. En esta ocasión, Kira Kozukunosuke, un viejo personaje bastante taimado y que detentaba el poder militar del Bakufu, deshonra a Asano ante la gran asamblea de señores. Asano humillado hiere a Kira y este gesto impulsivo le valdrá su condena a muerte. Asano se hace “seppuku” (hara-kiri) y sus tierras son confiscadas, pero ahora sus “samurai” se han convertido en “ronin”, caballeros sin señor al que servir, ya que su maestro ha desaparecido, y preparan su venganza. Cuarenta y siete de ellos están dispuestos a llegar hasta donde haga falta para limpiar la afrenta sufrida y el catorce de diciembre de 1702, año y medio después de la muerte de su señor, se reúnen en Edo al mando de Oishi y atacan por sorpresa la residencia de Kira.

La maniobra es un triunfo. Los “ronin” cortan la cabeza de Kira y la llevan sobre la tumba de Asano en Sengaku-ji, por tal acto son condenados a morir por el Bakufu y en febrero de 1703 todos se hacen el “hara-kiri”.

En palabras de Akira, la fidelidad de los cuarenta y siete “ronin” a su maestro revelaba todo el espíritu Bushido. A mí tanta “vendetta” me recordó a El padrino, la sesión se me hizo pesada y aburrida, y eso que el espectáculo estuvo intercalado por tres números de danza, por cierto, la de los guerreros fue muy suntuosa. En estos entreactos los sufridos espectadores descansaban y repostaban fuerzas comiendo su “o-bento”, un bocadillo de arroz, algas y pescado o carne, y comentaban la obra y el trabajo de los actores.

Casi cinco horas resultó demasiado tiempo para escenificar una historia que yo hubiera narrado en media. Lo que no negaré es la belleza sin par del vestuario, el precioso decorado, las delicadas danzas, los estudiados movimientos de los actores y sus artísticos maquillajes. La representación me impresionó, aunque reconozco que me faltó comprensión para valorar debidamente lo que acababa de ver.