7 de abril de 2007

Capítulo 49

Midori acudió sola a casa de sus padres. En Japón, a la vuelta de un viaje es tradicional obsequiar a familiares y amigos con regalos, así que les llevó un queso Jack, el único típico de California, y unas botellas de vino Cabernet y Chardonnay de las bodegas de Napa.

Al referirme la visita, me comentó que la curiosidad de los Takakura estuvo orientada principalmente en torno al recibimiento que le había dispensado mi familia. Ella les expuso los aspectos más destacados de nuestro periplo elogiando ampliamente la amabilidad y el cariño con que fue tratada y Akira escuchó atentamente su relato sin alegar nada. A pesar de que aparentase que la relación con su padre volvía a marchar sobre ruedas, en mi fuero interno intuía que Midori no me contaba la versión íntegra de la entrevista, y mis sospechas se confirmaron cuando antes de acostarnos me comunicó que Akira deseaba hablar conmigo.

Quedamos para el domingo siguiente, fecha en la que Akira estaba libre de servicio. Yo me debatía entre un espinoso dilema, aquella reunión presentaba el cariz de ser crucial en el resultado de nuestra peculiar contienda y aunque me inclinaba por que las diferencias entre nosotros se resolviesen favorablemente, no estaba dispuesto a dejarme avasallar ni a amilanarme más ante mi suegro.

Al presentarme en su domicilio hallé a Akira solo, me invitó a sentarme y me ofreció un vaso de vino californiano, aquello parecía una ofrenda de paz, pero no me hice ilusiones.

_¿Cómo se encuentra tu familia, Harris-san? _me preguntó con una inusual simpatía.

_Todos están bien, gracias _contesté sin fiarme.

_¿Ha sido un viaje grato? _prosiguió con sus rodeos.

_Sí, siempre es agradable reunirse con las personas que te quieren _dije a modo de indirecta más que directa.

Creo que advirtió mis intenciones beligerantes, porque descendió de su pedestal divino para presentarse ante mí bajo apariencia humana.

_Midori me ha relatado que tu familia la ha recibido con afecto y consideración _empezó moderado.

_Sí, y eso que estamos hablando de norteamericanos prepotentes, impulsivos y arrogantes _exploté ardiendo en deseos de provocarle.

Akira recibió la andanada con impavidez.

_Me complace que mi hija haya sido tratada con la deferencia que se merece _continuó, aunque visiblemente tocado.

_¿Y qué esperaba? ¿Que obtuviese de mi familia un trato equiparable al que me ha dispensado a mí la suya? _dije sin ocultar mi obvio propósito de herirle.

Akira guardó silencio, una postura muy japonesa con la que se espera que el contratiempo desaparezca sin tener que responder o comprometerse.

_Takakura-san, he deseado con todo mi corazón que nuestras relaciones personales fueran, si no afectivas, mínimamente cordiales, no ya por mí, pero su hija no merece lo que le está haciendo. ¿Es consciente de lo mucho que sufre? _le interpelé sin compasión.

Más silencio.

_Bien, ya que se mantiene en su actitud y al parecer voy a quedarme sin conocer el porqué de esta entrevista, será mejor que me vaya _concluí un tanto aburrido.

_Espera, por favor _me pidió Akira con el rostro demudado_ Tal vez me haya equivocado.

_¿Tal vez? _repuse con sorna_ ¿Tiene idea de lo que he soportado? No, seguro que no. Los excesos de dignidad son impulsos dañinos, su orgullo le impide asumir que se ha comportado injustamente conmigo al juzgarme inadecuado para Midori sin siquiera conocerme. Para usted sólo soy un yankee y esa etiqueta no me define como persona. No me ha concedido ni una oportunidad, no he tenido ocasión de demostrar quién soy, aunque a usted tanto le da.

_Sé que amas sinceramente a mi hija, que cuidas de ella y la haces dichosa. Es afortunada por haber encontrado un buen esposo y yo me alegro de ello _reconoció al fin Akira muy serio.

_Si eso son unas disculpas, las admito, Takakura-san _repliqué con aire triunfal.

Había conseguido revalidar mi posición ante Akira, ya no me importaba lo que pensase de mí, me sentía libre de culpa, y sin ningún esfuerzo recobré el aplomo. No necesitaba que él me aceptase y si buscaba su aprobación era más por Midori que por mí mismo.

Akira cambió su discurso, sus palabras ya no sonaban órdenes, su comportamiento no era tan estricto, entendió a la perfección mi mensaje o me toleraba a regañadientes o perdería a su hija definitivamente. El pensamiento japonés es más intuitivo que lógico y las conclusiones de Akira resultaron certeras, desde nuestra conversación dio muestras de intentar un acercamiento entre nosotros y una de sus tentativas por lograr rebajar la tirantez que nos dominaba fue la de invitarme a presenciar una función del teatro Kabuki Za. Aunque, después de asistir a la representación, comprendí que su invitación no era más que una sibilina venganza por mi osadía al plantarle cara.