3 de marzo de 2007

Capítulo 44

Las mujeres de la casa se habían encerrado en la cocina para organizar la cena de Fin de Año y los hombres, mientras esperábamos, charlábamos de nuestras cosas dando buena cuenta del sake. Jane salió de la cocina cogida al brazo de Midori, que la seguía confusa.

_Voy a transformar a tu mujer _me dijo eufórica_ Cuando acabe con ella no la reconocerás.

_¿Qué vas a hacer? _pregunté precavido.


_Me ha dicho que no ha traído un traje de fiesta y más tarde lo necesitará, así que le prestaré uno y la convertiré en la reina de la noche _respondió Jane muy engrescada.


Las dos subieron deprisa las escaleras.


Era el momento de la cena y de la cocina llegaban unos efluvios deliciosos a asado. Estábamos apunto de sentarnos a la mesa y entonces apareció Jane en lo alto de la escalera.


_¡Cha chán! _gritó reclamando nuestra atención_ Aquí está la nueva Midori.


El cambio era espectacular, Midori resplandecía dentro de aquel ajustado vestido negro de lentejuelas, llevaba el cabello recogido con un broche plateado de brillantes y Jane la había maquillado de una forma suave y discreta que le favorecía mucho.


Todos aplaudimos al verla y ella retraída ante la admiración que despertaba, bajó las escaleras y se colocó a mi lado, yo la besé y ella me sonrió satisfecha.


_Le sienta mejor que a mí _opinó Jane orgullosa de su obra.


Había decidido celebrar con los míos aquel Año Nuevo y acudir a la fiesta de Mark pasada la medianoche, así que cenamos todos en casa y brindamos al final de la cuenta atrás por el año que se iniciaba. Entonces tuve curiosidad por saber cómo sería la celebración del fin de año en Tokio. Midori me había descrito que la tradición budista comienza el año alejando las pasiones que causan dolor al hombre, por eso se tocan las campanas de los templos ciento ocho veces. Los sacerdotes sintoístas rezan pidiendo prosperidad para la nación. Las casas se engalanan, se hacen volar las cometas y, la mañana del uno de enero, las gentes madrugan para ver salir el primer sol del año mirando por el este hacia el océano.


Midori y yo acudimos a la recepción que tenía lugar en un almacén propiedad del padre de mi amigo Mark. Para adaptar la nave a las exigencias del momento, parte de la mercancía guardada se encontraba apilada en un extremo del local, dejando el resto libre para dar cabida a casi un centenar de personas que bailaban, bebían y se divertían. Al poco de llegar, mi otro amigo, Andy, dio con nosotros, estaba bastante animado, traía una copa en la mano y seguro que no era la primera del año a juzgar por su estado.


_¡Por fin! Ya pensaba que no vendríais. Venid a beber algo _nos propuso.


Nos acercamos los tres hasta la mesa en la que estaban dispuestas las bebidas y cogimos unas copas de champán.


_¿Me prestas a tu mujer? Te la devolveré enseguida _aseguró Andy riendo, y él y Midori fueron a sumarse a los invitados que estaban bailando.


Me dejaron solo, yo subí las escaleras metálicas por las cuales se accedía a las oficinas y busqué el baño, a la salida me quedé unos segundos contemplando desde lo alto a la concurrencia. Me dejó bastante sorprendido que fuera tan heterogénea, allí habría congregadas alrededor de cien personas y todas eran diferentes, altas, bajas, rubias, morenas, gruesas, delgadas... En Japón observar a la masa era como contemplar un desfile.


Permanecía abstraído en mis pensamientos y, de repente, la descubrí. Estaba abajo, enfrente de mí, mirándome con su sugestiva sonrisa, Dianne alzó su copa y yo la saludé con la mano. Descendí las escaleras y me acerqué a ella, nos besamos y sin darnos cuenta empezamos a bailar. Dianne recostó su cara en mi hombro.


_Hace unas semanas me encontré con tu madre y me dijo que estabas trabajando en Japón _me gritó al oído.


_Sí, he venido a pasar unas cortas vacaciones _corroboré sus palabras.


_¿Vas a quedarte a vivir allí? _preguntó chillando para hacerse entender en medio de la algarabía general.


_No, estoy realizando una especie de curso preparatorio, en primavera acaba y vuelvo a casa _respondí.


_¿Y qué tal te va? _se interesó ella.


_Bien, me he casado _reparé en que mi noticia le supuso un mazazo, no obstante, Dianne se sobrepuso inmediatamente y me dio la enhorabuena_ Ven, te presentaré a mi esposa.


Recorrimos la pista de baile, pero solamente pudimos localizar a Andy que bailaba muy amartelado con su mujer, Tracy.


_¿Dónde está Midori? _le pregunté.


Él se encogió de hombros y continuó bailando.


_Ya me la presentarás cuando la encuentres _dijo Dianne antes de despedirse de mí con otro beso.


Registré el almacén intentando dar con Midori y pasado un rato de ineficaz búsqueda la hallé sentada sobre unas cajas de madera, lejos de la fiesta.


_¿Qué haces aquí sola? _le pregunté nada más verla.


Me senté a su lado, tenía la cabeza agachada y yo se la levanté forzándola a mirarme, tenía los ojos brillantes y parecían infinitamente tristes. Su actitud me alertó.


_¿Qué sucede? _insistí ante su silencio.


_Nada _respondió esquivando mi mirada.


_No sabes mentir, dime la verdad _le pedí preocupado.


_Te he visto _musitó.


_¿Que me has visto? _inquirí yo sin comprender a qué se refería.


_Estabas bailando pegado a una mujer con un vestido rojo y os habéis besado en los labios _dijo bastante afectada.


Entonces caí en la cuenta. Dianne. Y comprendí que había sacado unas conclusiones erróneas.


_Midori, esa mujer era Dianne, ya te he hablado de ella. Nos hemos encontrado por casualidad y hemos conversado, nada más_ aclaré sin concederle mayor trascendencia.


_¿Besas así a todas las mujeres que te encuentras? _me miró con tanta aflicción que se me partió el corazón.


_No es lo que piensas. He vivido con ella durante tres años, sin duda lo he hecho inconscientemente. Perdona _estaba muy contrariado, deseaba que Midori olvidase el incidente que para mí no representaba nada, pero que a su juicio era grave.


Mi amigo Mark apareció con su novia Jennifer.


_¿Qué, buscando la oscuridad para hacer manitas? _preguntó Mark_ Dejad eso para más tarde y acompañadme, voy a proponer un brindis a vuestra salud.


_Ahora no, Mark _respondí yo que me había levantado_ Tenemos que irnos _y le puse la mano en la espalda a modo de despedida.


_¡Eh! Bruce, no te vayas, todavía es pronto _reiteró queriendo prolongar el encuentro.


_Ya quedaremos para uno de estos días _respondí yo nervioso.


_No te olvides de llamarme _me recalcó Mark.


_Descuida. Adiós, Jennifer _me despedí de ellos y salí a la calle con Midori.


_No existe nada entre Dianne y yo. Nuestra relación acabó antes de conocerte, somos buenos amigos, sólo eso _repetí mi explicación a Midori con el propósito por hacerme perdonar.


Midori no respondió y aquella fue de las pocas ocasiones en las que no pude descifrar ni sus pensamientos ni sus sentimientos. Empezamos a caminar, Midori mantenía su mutismo y ese silencio castigador hizo que volviera a experimentar la misma sensación de culpa que creí olvidada en Tokio.


El amor me había cambiado tanto, la compleja combinación de fortaleza endeble que representaba Midori me confundía, nunca podía prever sus reacciones, tal vez formaba parte de su enigmático encanto sorprenderme a cada instante. La amaba con delirio y me hallaba en condiciones de ratificar por entero los comentarios sobre la atracción que ejercen las mujeres orientales en los hombres occidentales, y es que esa mezcla de feminidad, carácter y personalidad las hace extraordinariamente atractivas y tan distintas que uno no puede sino sucumbir a su fascinación.


Regresamos a casa sin cruzar una palabra, mis padres aún estaban levantados, atendían a unos vecinos que habían pasado a tomar unas copas, les saludamos y nos fuimos a la habitación. Midori me vio tan compungido que se abrazó a mí.


_Perdóname _dijo suplicante_ Te he estropeado la fiesta con tus amigos.


_No, perdóname tú a mí por mi falta de tacto _le respondí.


Nos besamos y ella me arrastró hasta un mundo sensual y mágico al que solamente podía llegar de su mano.