Capítulo 42

Fue el viaje más singular que cabe imaginarse. Midori y yo volábamos rumbo a San Francisco y después de haber pasado cerca de un año soñando con el retorno a casa, ahora que la ilusión era tangible, algo empañaba mi alegría. La causa de mi preocupación radicaba en Midori y en el impacto que supondrían para ella los inminentes cambios que le aguardaban a nuestra llegada a un mundo completamente diferente al suyo. Midori no había salido de Japón y la notaba atemorizada ante las novedades culturales, y en especial por conocer a mi familia. Ya le había hablado de ellos y los conocía por fotos, sabía que se esforzaría al máximo en caerles bien y que el empeño sería mutuo por ambas partes, aun así no podía evitar sentirme nervioso.


Desembarcamos en el aeropuerto y un estremecimiento me recorrió el cuerpo al distinguir en el vestíbulo la pancarta que decía: Bienvenidos a casa Midori y Bruce. Aceleré el paso y allí estaban ellos, mis padres, mis hermanos y algunos de mis amigos. Me arrojé a los brazos de mi madre, que me estrechó con fuerza y llorando de emoción, al abrazo se sumó mi padre y luego mis hermanos. Midori se había quedado atrás, en silencio, cuando me volví hacia ella estaba expectante y le alargué la mano para que se aproximara.

_Os presento a Midori. Estos son mis padres, Ken y Sharon, mi hermana Jane, mi cuñada Rose, su hija Susan, mi hermano Daniel y mis amigos Andy y Mark _ella hizo una reverencia a mi padre al tiempo que le extendió la mano, mi padre se la cogió entre las suyas y después la abrazó.

_Bienvenida a casa _le dijo.

Mi madre también la abrazó y la besó y los demás miembros de la familia acabaron las presentaciones.

Midori me miraba procurando sonreír, aunque yo la conocía sobradamente y advertía su nerviosismo. Pasé mi brazo sobre su hombro y le murmuré al oído.

_Tranquila, todo va bien _ella afirmó con la cabeza.

La llegada a casa resultó triunfal. En la sala había globos de colores y guirnaldas colgando del techo y el aire estaba impregnado de aromas familiares para mí. Aquel calor hogareño cargado de vivencias entrañables era tal y como lo recordaba.

Midori y yo nos instalamos en mi antigua habitación y después de deshacer las maletas me di una ducha. Hacía una eternidad que no experimentaba la sensación estimulante de una buena ducha a presión y con agua templada, no como en Japón, donde el agua del baño está a una temperatura de entre cuarenta y cuarenta y cinco grados.

La noche se presagiaba larga y mi madre les insistió a Daniel y a su mujer para que la pasasen allí, en la habitación contigua a la nuestra. A la salida del baño me topé con mi hermano en el pasillo.

_Te encuentro muy bien _me dijo dándome una palmada afectuosa en la espalda_ Se nota que te sabe cuidar _aludió a mi esposa.

_Sí, es estupenda _ratifiqué yo muy ufano_ Voy a enseñarle a Midori cómo se usa la bañera _comenté.

Daniel me miró incrédulo.

_¿Bromeas? _replicó, encontrando inverosímil que Midori no lo supiera.

_No, en Japón la bañera no se utiliza para lavarse, uno se enjabona y se enjuaga fuera, luego se mete en el baño y se queda a remojo el tiempo que quiere _le expliqué a grandes rasgos.

_Es inaudito _se sorprendió Daniel con mi información.

_¡Ah! La toalla sirve tanto para lavarse como para secarse y toda la familia se baña en la misma agua _concluí.

_¿Hay algo que hagan igual que nosotros? _me preguntó Daniel asombrado.

_Sí, los niños los fabrican de la misma manera _dije con sorna tras mostrarme pensativo unos segundos.

Daniel se rió de mi broma y entró en su dormitorio.

Estar con los míos me había devuelto la serenidad, después de haber pasado meses obsesionado por mi comportamiento y viviendo estrangulado por el yugo de la conveniencia, ahora volvía a sentirme libre e inmensamente feliz. Pasé a nuestro cuarto para buscar a Midori.

_Ya te he dejado el baño libre _anuncié a mi esposa.

Midori vestía su “yukata” y cogió la “tenugui”, la toalla japonesa tradicional, iba descalza y en aquel instante me pareció tan adorable que tuve la necesidad de abrazarla, estábamos en el pasillo y ella se dejó rodear por mis brazos con un gesto pasivo.

_Te quiero, te quiero muchísimo _le dije antes de besarla.

Susan subía corriendo las escaleras para reunirse con sus padres en la alcoba.

_Hola, tío Bruce _me saludó alegre.

Midori se apartó rápidamente de mi lado.

_Nadie se escandalizará si nos ve besarnos _le aseguré.

La cogí de la mano y la conduje hasta el final del pasillo, donde se encontraba el cuarto de baño. Le preparé un baño con sales perfumadas y mucha espuma, la dejé sumergida en el agua y antes de salir le di un beso en la frente y le comenté.

_Cuando acabes tendrás que vestirte, aquí no se cena en bata. Luego bajas a la sala, yo estaré allí _cerré la puerta y me fui.

En el salón encontré a mi padre leyendo el diario, me senté enfrente, en el sofá, y papá dejó el periódico sobre la mesita.

_¿Cómo te va por Japón? _me preguntó.

_Los comienzos fueron duros, pero lo he superado _mentí por no preocuparle.

_Me alegro de que estéis aquí, lástima que no pudierais anticipar el viaje para pasar el día de Navidad todos juntos _comentó papá contento de tenerme en casa.

_Ya sabes que en Japón no se celebra nuestra Navidad, por suerte me han permitido sumar los tres días festivos de Año Nuevo con los seis de las vacaciones, ya que de lo contrario no hubiera merecido la pena hacer el viaje _admití yo, que había expuesto mis demandas a dos superiores para que, evaluando mis circunstancias personales, accedieran a mis peticiones.

Daniel, Rose y Susan se unieron a nosotros, la pequeña se sentó en mis rodillas y me comentó.

_Casi soy tan alta como ella _dijo refiriéndose a Midori.

_Es que tú has crecido mucho y los japoneses son de menor estatura _observé.

_¿Sabe hablar nuestro idioma? _me preguntó llena de curiosidad.

_Claro que sabe _le contestó su madre_ En Japón también hablan inglés.

_Eso creía yo _interrumpí_ En realidad no todos los japoneses lo dominan y los que dicen hablarlo tampoco te entienden siempre.

_Voy a echar una mano en la cocina _dijo Rose.

_Te acompaño _secundé yo, que deseaba reunirme con mi madre y con mi hermana.

Nada más entrar respiré el olor inconfundible del pastel de queso de mi madre, cogí uno de los cuchillos que había sobre la mesa y me corté un pedazo.

_Bruce, ¿es que no puedes esperar un poco? Sabes que no me gusta sacar una tarta empezada a la mesa _me recriminó ella.

_Mamá, hace siglos que no pruebo comida de verdad _me disculpé volviendo a partir otro trozo.

_Confío en que tu mujer aprecie nuestros esfuerzos en la cocina, porque nos hemos pasado el día guisando _habló mi hermana.

_Te lo garantizo _le aseguré a Jane_ Midori no criticará ningún plato aunque le desagrade _dije convencido de que ella actuaría de esta manera.

_La has aleccionado bien, ¿eh? _exclamó Jane en broma.

_No, forma parte de su educación _constaté a mi hermana.

_Le serán incomprensibles nuestras costumbres _manifestó mi madre con inquietud_ ¿Cómo debemos tratarla?

_Igual que a uno más, aunque con especial cariño _repliqué_ Está fuera de su patria y esto es nuevo para ella.

Regresé a la sala, mi padre y mi hermano estaban hablando sobre mí.

_Os he pillado in fraganti. ¿Qué, conspirando a mis espaldas? _exclamé deseoso por sumarme a la conversación.

Midori bajaba las escaleras en ese momento.

_Te has puesto muy guapa _le dijo mi hermano al verla.

Midori se sonrojó e hizo una leve inclinación agradeciendo el cumplido, y Daniel, algo desconcertado, me miró a mí disculpándose por su observación. Yo le hice un gesto quitándole importancia al asunto.

_Ven, siéntate a mi lado _le indiqué a Midori el sofá.

Ella se acomodó en una esquina al borde del asiento, estaba muy cohibida y no era para menos, conocer a mi familia así, toda de un golpe, era para impresionar a cualquiera. Yo también había pasado por un trauma semejante al conocer a la suya.

Rose y Susan iniciaron los preparativos de la cena, pusieron los servicios en la mesa y un centro de flores naturales.

_¡A cenar! _anunció Jane trayendo una bandeja con bistecs.

Tras ella llegó mamá y todos nos dispusimos a ocupar nuestros puestos en la mesa, bueno, yo cambié mi sitio a Midori, que debía sentarse cerca de la puerta, en Japón este lugar es ocupado por la persona de menor rango y no quise que ella se considerase inferior a los otros miembros de la familia. La cena resultó interminable, la comida era algo secundario ante nuestras ansias de superar los efectos de la separación. Midori estaba aturdida con tanto bullicio, respondía con monosílabos a las preguntas directas que le dirigían y volvía a fijar la vista en el plato. A los postres brindamos por el reencuentro y continuamos, embriagados por la alegría, charlando, riendo y bromeando.

Mi sobrina Susan estaba impaciente por entregarnos a Midori y a mí el regalo que nos tenían reservado, abandonó corriendo de la habitación y volvió con una pequeña caja en las manos.
_Toma _le dijo a Midori_ Es tu regalo de Navidad.

_Es para los dos _le corrigió su padre.

Midori cogió el paquete, lo agradeció con una reverencia y lo dejó a un costado de su plato.

_¿No lo abres? _preguntó la niña desilusionada por el aparente desinterés de Midori.

_Los japoneses no abren los regalos delante de la persona que se los ofrece, pero aquí pasaremos por alto esa costumbre _tomé el paquete y rasgué el envoltorio que lo cubría, era una foto familiar enmarcada en un soporte de plata repujada_ Gracias, es precioso _dije mostrándoselo a Midori.

_Nosotros también os hemos traído obsequios _me levanté de un brinco, subí corriendo las escaleras hasta la habitación y regresé enseguida cargado de bolsas_ El primero para ti, Susan. Espero que te guste.

Susan despedazó la caja que le entregué.

_¡Guau! _exclamó boquiabierta_ Una cámara de fotos. Mis amigas se van a morir de envidia cuando se la enseñe. Voy a haceros una foto.

Nos apiñamos en torno a mis padres y Susan inmortalizó aquel encuentro con su cámara, luego yo seguí ejerciendo de Santa Claus.

_Éste es para mamá _dije alargándole a mi madre un pequeño estuche que contenía un collar de perlas de Toba.

_Para Jane, un kimono de seda _le tendí su regalo.

_Para ti, Rose, hay otro _le extendí una bolsa a mi cuñada.

_Papá, éste es el tuyo _mi padre abrió su obsequio y contempló con admiración el pergamino escrito en “kanji”_ Es uno de los lemas japoneses, Midori te traducirá su significado.

Mi padre le ofreció el papel y ella leyó.

_Significa: “Lucha primero, disfruta después” _y le devolvió el pliego con una leve inclinación.

_¿Y para mí, no hay nada? _preguntó Daniel anhelando ver qué le habíamos comprado.

_Toma pesado. Una botella del mejor sake _le entregué el último paquete.

Mi hermano se apresuró a abrir la botella.

_Vamos a hacer otro brindis. Mamá, saca unas copas _solicitó Daniel muy animado.

Mi madre distribuyó unos vasos de licor.

_¿Puedo probarlo yo también? _preguntó Susan deseando incorporarse al brindis.

_No, Susan, es una bebida alcohólica no apta para niños _respondió su padre.

_Pero papá, ya tengo once años _refunfuñó ella.

_Bueno _intervine yo_ Te dejaré que lo pruebes con la condición de que sólo te mojes los labios.

Daniel alzó su copa y pronunció el brindis.

_Por Midori y por Bruce. Que sean siempre muy felices.

Todos le secundaron.

_“Kampai” _dije yo al chocar mi copa con la de Midori.

Finalizada la larga sobremesa, que se prolongó hasta la madrugada, Midori y yo caímos en el lecho rendidos, me costó bastante quedarme dormido, estaba demasiado cansado por el viaje y los acontecimientos vividos en una jornada que recordaré siempre como una de las más felices de mi existencia.