Capítulo 41

¡Banzai! Se acercaba el día “D”. Dentro de nada estaría en casa para pasar unas cortas vacaciones y la idea de regresar a mi país y reunirme con los míos me había insuflado una energía explosiva, me parecía encontrarme en otra dimensión. La felicidad me supuraba por los poros y mi efervescencia y exultación se contagiaba a mis compañeros, que no sé si se alegraban de perderme de vista o compartían mi entusiasmo por volver a encontrarme con la familia.

Decidieron darme una “sobetsu kai” o fiesta de despedida, que es un acto muy popular cuando un empleado extranjero se va. Para celebrar el acontecimiento nos juntamos en una sala de karaoke, yo invité a la primera ronda, me sentía rumboso y la ocasión requería una conmemoración por todo lo alto, así que pedí whisky escocés para todos. Al principio el local no estaba muy ambientado, había varios grupos de hombres de negocios que charlaban y bebían animados y algunos estaban flanqueados por bellas señoritas de compañía que les reían las gracias. La música sonaba y la pista permanecía vacía, aunque al poco rato el recinto se hallaba a rebosar.

Era el inicio del fin de semana y nadie tenía prisa por irse a casa, la noche era joven y estaba adquiriendo un aire distendido y festivo. Un hombre bajito con gafas se atrevió a romper el hielo, cogió el micrófono y empezó a tararear con voz chillona una melodía dengue en japonés, mientras, sus camaradas gritaban su nombre y le jaleaban.

A nuestro grupo se unieron dos señoritas, que curiosamente se sentaron a mi lado, poniendo de manifiesto su buen gusto a la hora de elegir pareja. Íbamos por la tercera ronda y el whisky comenzaba a surtir efecto, de improviso, ocurrió. Estaban sonando los primeros compases de una canción que me era sumamente conocida, Tutti frutti, sin pensarlo dos veces salté sobre mis colegas salvando la reducida distancia que me separaba de la pista, me aferré al micro, me quité la chaqueta ante los silbidos emocionados del respetable, me aflojé la corbata y me puse a cantar. Aquello fue el súmmun, yo bailaba emulando a Elvis y la gente gritaba y aplaudía enfervorizada, en aquellos instantes yo era “el rey”. ¡Qué digo “el rey”! Era Dios, ante un público arrebatado que me animaba a continuar. La siguiente canción, Jailhouse rock, fue mi consagración, no había nadie en el recinto que no estuviera infectado por mi euforia.

Cuando acabé la interpretación y regresé a la mesa, me asaltó por un segundo el temor de que mis acompañantes opinaran que había procedido de forma absolutamente indigna, pero qué rayos me importaba lo que pensasen de mí, había sido mi momento de gloria en Tokio, volvía a casa y cualquier otro asunto no merecía ser tomado en consideración. Todo estaba resultando insuperable hasta que el local empezó a moverse y las luces se hicieron borrosas. No, no era un terremoto de los muchos que asolan las islas japonesas, la mezcla de exaltación y alcohol fueron los causantes del seísmo. Casi no recuerdo cómo terminó la fiesta, la única imagen viva que conservo a partir de entonces es la cara inquieta de Midori dándome a beber un exótico potingue para aliviar mi espantosa resaca.

_Es una “umeboshi”, te aliviará _me dijo poniéndome algo parecido a una ciruela de color rojo y sabor fuerte en la boca.

Midori era increíble, aquel remedio milagroso me devolvió a la vida tras una noche salvaje de parranda.