Capítulo 40

La frecuente y mutua relación epistolar que sostenía con mi familia, me proporcionaba un gran alborozo y a la par me deprimía. Mis padres, hermanos y amigos se carteaban conmigo con regularidad poniéndome al corriente sobre los acontecimientos más relevantes que se iban produciendo en sus respectivas vidas. Casi siempre eran cartas entusiastas que me transmitían apoyo moral y me exponían las ganas que tenían todos de volver a verme. Mamá intensificaba sus ruegos de que me cuidase y disfrazaba su enorme preocupación con frases de cariño, mi sobrina Susan me enviaba sus dibujos, fotos y recortes de prensa a fin de mantenerme al tanto de la actualidad de mi país, y también recibía besos y recuerdos para Midori que yo le trasmitía a ella.

En mis respuestas, las descripciones que yo les hacía de mi vida particular y profesional quedaban tan alejadas de la realidad, que, nada más coger la pluma, mis cartas se trasformaban en un cuento de hadas. Me encontraba a diez horas de avión de mi familia, de la gente que me apreciaba, tan lejos, que no me atrevía a contarles cómo era mi vida realmente, sobre todo porque mi madre hubiera sufrido con ello. Yo era su hijo pequeño y al que ella más quería; no lo negaba nunca, yo era su ojito derecho, y conocer la verdad le hubiera causado un daño innecesario que prefería ahorrarle a cualquier precio.

Por eso escribía unas epístolas en las que lo único que relataba de cierto era el gran amor que sentía por Midori y lo feliz que era a su lado. Omitía cada uno de los detalles dolorosos. La desconfianza que al ser extranjero despertaba entre los que me conocían, la altivez de Akira, mi temor a cometer en el trabajo alguna falta inexcusable que diera al traste con aquellos meses de esfuerzo, la soledad. No me hubieran creído de haberles dicho que carecía de amigos, yo soy de un carácter muy sociable y nunca había tenido dificultades para relacionarme hasta que llegué a Japón. Mi familia siempre ha estado estrechamente unida por fuertes vínculos afectivos y los echaba mucho de menos, pero no era cuestión de inquietarlos con mi morriña.