Capítulo 38

Era la fiesta del Día de la Cultura, la hermana de Midori y su familia habían venido a Tokio para celebrar la festividad todos juntos. Ése era un día muy significativo para la pequeña Miho, en el festival “Shichi Go San”, (siete, cinco, tres), la mayoría de padres llevan a sus hijos a los santuarios siguiendo una especie de rito de iniciación, para que sean reconocidos como miembros de la sociedad. La celebración se dirige especialmente a las niñas de siete años, a los niños de cinco y a niños y niñas de tres. En este grupo se encontraba Miho, que desfiló en compañía de sus padres en el santuario Meiji. Yo no comprendía muy bien el significado de aquel desfile multitudinario de padres y niños, vestidos elegantemente con sus kimonos de seda y sus “yakama” para que los vea el gentío congregado, me había resignado a acompañar a Midori y a los suyos después de saber que Akira trabajaba aquel día y no se hallaría presente en el acto.

Yamazaki-san no cabía en sí de satisfacción, caminaba con la pequeña Miho cogida de la mano como si exhibiera la joya más preciada, Miyoko también estaba muy orgullosa de su retoño y la abuela los contemplaba emocionada. Una vez finalizado el acto, estaba previsto que diésemos un paseo por los bellos alrededores, pero el cielo amenazaba lluvia y la temperatura había descendido considerablemente, soplaba un viento desagradable y se decidió volver a casa antes de que empezase a llover.

Ante mi sorpresa, Midori convidó a todos a nuestro apartamento, su hermana no conocía nuestra casa y yo me plegué ante el hecho consumado de tener que sufrir a la familia el resto del día. La escena era de lo más fastidiosa. Otra charla en japonés me marginaba del grupo, produciéndome la impresión de ser un intruso en mi propia casa. Mi esposa, su hermana y su madre fueron a preparar la cena, mientras mi cuñado y su hija nos quedábamos en el sofá algo cohibidos y sin saber qué decirnos. Takishi mantenía una actitud insegura y esquiva conmigo y por más que lo consideraba no sabía a qué achacarla, los dos éramos yernos de Akira, y eso nos colocaba en el mismo bando, aunque con marcadas diferencias, él disponía de la ventaja de contar con su aprobación y yo no, trabajaba en el museo etnológico de Osaka y deduje que acaso le molestaba que mi ocupación estuviera mejor considerada que la suya o fuera más importante, vete a saber.

Miho me observaba entre tímida y curiosa, igual que si yo fuera un espectáculo de circo, le llamaba la atención el color de mi pelo, el de mis ojos claros y sobre todo mi tamaño, debía verme como al gigantón de uno de sus cuentos. Poco a poco venció su desconfianza al comprobar que me comportaba de un modo natural, vino a mi lado y yo, que siento debilidad por los niños, me puse a jugar con ella. La volteé por los aires, le hice cosquillas, rodé por el suelo con ella a mi espalda y disfrutamos de lo lindo retozando igual que dos criaturas.

Mi conducta relajó la tensión existente y sirvió para que a partir de ese día mi familia política me viera de otra manera, más humano y menos inaccesible. Siempre estaré en deuda con Miho, ella logró el acercamiento que yo buscaba inútilmente.