Capítulo 36

Issei Ishida, un compañero del grupo, había conseguido en la reventa unas entradas para presenciar un torneo de sumo, en el último momento a uno de los amigos que debían acompañarle le surgió un imprevisto y se encontró con una entrada, por la que había pagado un riñón, y a la que no podía dar uso, de manera que me la ofreció a mí. Yo no sentía especial curiosidad por presenciar aquel acontecimiento deportivo que traía loco a la mitad del departamento y una vez más me hallé en una situación comprometida de la que solamente cabía salir airoso condescendiendo.

Ishida-san estaba muy metido en su papel de cicerone cuando nos reunimos en una de las salidas de metro del distrito Ryogoku. Me presentó a sus dos acompañantes y nos dirigimos a ver el combate.

El entusiasmo que despierta el sumo en los japoneses había convertido el local en un hervidero de gente. Entre el público pude distinguir a algunos occidentales, que posiblemente se habían dejado llevar por la euforia colectiva que vivía la ciudad en esos quince días de torneo. Algunos de los espectadores estaban confortablemente instalados en sus localidades, se habían llevado comida e incluso iban descalzos.

Con gran puntualidad comenzó el acto e Ishida-san me refería cada uno de los prolegómenos que se iban produciendo. Dos hombres de enormes dimensiones y vestidos con un minúsculo taparrabos se dan la bienvenida en una serie de complicados saludos. Un árbitro los presenta al público y los contendientes se van a sus lugares respectivos, allí se lavan las manos, se enjuagan la boca y esparcen sal en la arena como parte de un rito de purificación. Cuando parece que se ha acabado la fase preparatoria, los hombres se agachan en el ring, llamado “dohyo”, un círculo de unos cuatro metros y medio de diámetro, y se miran sin pestañear, con sus enormes manos tendidas. Cada uno aguarda el momento propicio para atacar y los dos adversarios han de hacerlo a un tiempo porque, de no ser así, tiene que volver a repetirse toda la ceremonia anterior. Pasados unos cinco minutos de falso inicio y después de otro rito de purificación, las dos moles humanas pasan a la acción. La lucha es muy breve y pierde el oponente que toca con alguna parte de su cuerpo fuera del círculo.

Los luchadores están divididos en dos equipos: el este y el oeste. Cada adversario de un grupo se enfrenta a los quince rivales del equipo contrario, siendo el vencedor del torneo el que finaliza con el mayor número de victorias y el mínimo de derrotas. El ganador absoluto recibe el título de “yokozuma”.

Al acabar el espectáculo yo estaba aburrido, no entendía cómo los japoneses pueden sentir esa pasión por el sumo. Ver un combate entre dos mastodontes que luchan con la fuerza bruta, nunca mejor dicho, de su cuerpo, no me parecía sugestivo, aunque me guardé muy mucho de hacerle esta observación a mi amigo, que estaba entusiasmado con el evento.

A la salida, muchos de los asistentes al encuentro van a cenar a los restaurantes cercanos, en los que se sirven algunos de los alimentos especiales que toman los luchadores. Pude escabullirme del compromiso y regresar a mi dulce hogar.