Capítulo 35

Jamás sospeché que pudiera importarme tanto el hecho de ser admitido socialmente, pues soy bastante independiente de la opinión ajena y por lo general no preciso de la aprobación y el aplauso de los demás, pero desde hacía muchos meses me encontraba lejos de mi país y de los míos, había dejado de lado mis costumbres para adaptarme a una vida cotidiana que me resultaba extraña, y llegados a este punto, ya no sabía ni quién era. Un nuevo yo emergía de la confusión y no me reconocía a mí mismo.

La coacción del entorno era tan enorme que siempre me acompañaba una sensación de delito imposible de eliminar. Había tantos recelos respecto a los extranjeros en general y contra los estadounidenses en particular, que hacían que me esforzase constantemente por agradar a todos. La falta de intimidad en el aspecto humano creaba ocultas barreras psicológicas entre las personas, como la derivada de tratar de señor a una persona a la que ves a diario y con la que compartes la mayor parte de tu tiempo. Cualquier sentimiento negativo: soledad, frustración, ansiedad, dolor..., se agravaba por la ausencia de vínculos afectivos entre las personas.

Los japoneses no se hallan predispuestos a entablar una relación franca y distendida con nadie, a menos que sea un amigo japonés de hace tiempo y yo, aclimatado a unas costumbres relajadas, a unas relaciones efusivas entre personas que se conocen y se aprecian, no encajaba en tamaño rompecabezas. Incluso con Midori me sentía a veces incómodo, por más que favoreciera una relación paritaria y de mutua confianza, no lograba que me hablase llanamente de sus sentimientos ni me comunicase sus opiniones con espontaneidad.

Alguien dijo que para entender a un japonés hay que interpretar su pensamiento además de sus palabras y estaba comprobando cuánta verdad encerraba esa aseveración. El idioma japonés es de una vaguedad exasperante. No es que yo supiera gran cosa, había aprendido cuatro frases hechas que me servían para pedir disculpas y quedar bien en situaciones muy puntuales, aun así, las dificultades de comunicación eran importantes. Pese a que el idioma es común, los hombres y las mujeres japonesas lo pronuncian de manera muy diferente. Las frases femeninas son bien articuladas, largas, llenas de formas de cortesía y con un tono suave. El lenguaje masculino contiene interjecciones enérgicas, palabras cortas, incompletas y pronunciadas muy de prisa, además, resulta un tanto brusco. Por mi contacto con Midori yo estaba más familiarizado con el modo de hablar femenino e involuntariamente empleaba frases o locuciones que un hombre no utilizaría jamás, por eso algún compañero malintencionado me había dicho que estaba aprendiendo el idioma a base de almohada.

Soy consciente de que sin compartir una lengua el trato con las personas es casi imposible y en Japón el idioma me acotaba muchísimo. El japonés no es especialmente enrevesado, carece de género y número y los modos verbales son fáciles, aunque crean confusión porque se colocan al final de cada frase. La dificultad de aprender el idioma me condenaba al ostracismo, las personas que hablaban inglés lo pronunciaban con un acento peculiar que obstaculizaba mi comprensión y no entendían las exclamaciones y las frases en sentido figurado que yo empleaba. Dijese lo que dijese, siempre me quedaba la duda de haber sido interpretado correctamente.

A menudo me preguntaba cómo había sido tan irresponsable al involucrarme en una peripecia semejante. Deseaba que mi vida cambiara, sí, pero no de un modo tan drástico. Después de todo, en San Francisco tenía la vida resuelta y ninguno de los quebraderos de cabeza a los que ahora me enfrentaba.