22 de diciembre de 2006

Capítulo 33

Midori visitaba a su madre a escondidas, cuando sabía que Akira estaba ausente, yo conocía su callado sufrimiento y por eso, al plantearme que invitásemos a sus padres a conocer nuestro nuevo hogar para intentar conmover el pétreo corazón de mi suegro, no me negué, aun a sabiendas del trauma que representaría para mí.

Desde que se fijó la fecha de la reunión, Midori no había parado de trabajar afanosamente para que todo resultase perfecto. Yo pasé aquella jornada laboral mentalizándome para la cena familiar que me esperaba al regresar a casa, en esta ocasión yo estaría en mi territorio y esa circunstancia me concedía una exigua ventaja moral.

Abrí la puerta del piso, Midori acudió a mi encuentro y yo la saludé con un beso en los labios, ella me apartó con suavidad.

_Mis padres están aquí _me informó bastante alterada.

Me encaminé a la sala y me dispuse a saludar a los señores Takakura, entonces, escuché la voz de Midori a mis espaldas.

_Bruce, tus zapatos _me recordó con delicadeza.

Había olvidado descalzarme, estaba tan nervioso por la visita de mis suegros y deseaba causarles tan buena impresión, que me hallaba rozando la demencia. Regresé tras mis pasos, puse los zapatos en la “genkan”, entrada, y los cambié por las pantuflas, aunque no me acordé de dejarlas en el pasillo y cometí el sacrilegio de pisar con ellas el tatami. ¿Cómo consiguen los japoneses recordar las infinitas reglas que rigen su vida?

_Mira _me indicó Midori señalándome un arce rojo sobre el “tokonoma” o nicho de belleza_ Mi madre nos ha obsequiado con un bonsai.

_Muchísimas gracias, señora Takakura _agradecí con una reverencia_ No debía haberse tomado ninguna molestia.

La madre de Midori me miró algo confusa y sonrió, atribuí el gesto a su poco dominio del inglés y respiré hondo intentando simular aplomo. Saludé a mi suegro y volví a respirar, mi estómago se hallaba comprimido a su mínima expresión.

_Bueno, vamos a cenar _intervino Midori.

_Sí, te ayudaré a poner la mesa _dije yo en un pronto, esperando escabullirme por unos momentos de tan abrumadora presencia.

Chinako se ofreció a colaborar con su hija, pero yo me negué respetuosamente.

_De ninguna manera, es usted nuestra invitada. Siéntese, por favor, no tardaré nada _y me alejé pitando.

Fui a la cocina y regresé con unos cuencos y unas servilletas, entre Midori y yo dispusimos lo necesario.

La cena transcurría lenta, demasiado lentamente, mis piernas estaban adormecidas ya que la altura de la mesita no era adecuada para mi estatura y me condenaba a adoptar una posición incómoda, por más que me esforzaba no conseguía encontrarme a gusto y bregando con los dichosos palillos tardaba siglos en lograr meterme algo a la boca, miraba de reojo a Akira y me desesperaba al contemplar la rapidez y soltura con que sorbía ruidosamente los tallarines. Chinako Takakura me sonreía con gesto afable y no decía nada, Midori realizaba denodados intentos por dar con un tema de conversación en el que pudiéramos participar todos, Akira seguía concentrado en la comida y yo... No se requieren unas extraordinarias dotes deductivas para adivinar cuál era mi estado,

La cena concluyó y me sentí aliviado ante la perspectiva de que la sobremesa no se alargase mucho. No existían asuntos de interés que tratar con aquella gente, ni podía comportarme con naturalidad ante ellos, si ya es duro superar un examen de este tipo en condiciones normales, en mi particular situación era un auténtico tormento. Cuando vi salir a mis suegros por la puerta, creí en los milagros. Mis nervios se habían salvado por los pelos de un cortocircuito.

Midori pasó a la cocina y yo la seguí, quería ayudarla a recoger para meterme en la cama cuanto antes. Ella estaba inclinada sobre el fregadero y yo acercándome por detrás le besé el cuello, al hacerlo, descubrí dos gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas.

_¿Qué te ocurre? _pregunté alarmado.

_Nada _respondió en un tono apenas audible.

_Tendrás que practicar más antes de decirme una mentira y que yo te crea _me coloqué a su lado y le alcé la cara.

_Tu comportamiento ha sido ultrajante _contestó Midori visiblemente contrariada.

_¿Qué he hecho? _repliqué sin comprender.

_Has ofendido a mi madre, además ella cree que no soy una buena esposa _me recriminó.

_¿De qué hablas? _yo no entendía nada.

_Me has besado delante de mis padres, luego has rechazado el regalo que nos ha hecho mi madre, te has servido la bebida, has estirado las piernas mientras comíamos, has clavado los palillos de forma vertical en la comida... _empezó a decir mientras se secaba las manos.

_Basta _le interrumpí en su acusación_ No es preciso que sigas, al parecer no he dicho ni he hecho nada correcto desde mi llegada.

_Exacto _confirmó Midori enfadada por mi conducta.

_Le he agradecido a tu madre su maldito bonsai _grité alterado.

_No, le has dicho que no nos hacía falta su regalo _me rectificó ella_ y más tarde has rechazado su ofrecimiento y has puesto tú la mesa.

_Intentaba ayudarte _me defendí.

_¿Sí? Pues ahora mi madre piensa que soy una pésima ama de casa ya que tú has de hacer los trabajos del hogar _me reprochó Midori.

_Eso es una solemne tontería _argumenté yo que empezaba a estar cansado de aquella disputa.

_Claro, como tu comportamiento en la mesa _me respondió airada.

_¿Y qué es lo que he hecho en la mesa? si puede saberse _quise conocer.

_Has estirado las piernas señalándome a mí y eso demuestra una pésima educación, también has ofendido a los muertos al clavar los palillos de la manera que se hace en las ceremonias de difuntos. ¿Te parece poco?

_No _respondí en la frontera de la indignación_ Estoy orgulloso. Me he superado a mí mismo, ya no sólo insulto a los vivos, ahora hasta consigo agraviar a los muertos _dije sarcástico.

Midori me miró, su cara estaba bañada en lágrimas, tanta tensión me resultaba insoportable.

_Salgo a respirar un poco _manifesté antes de cerrar la puerta y marcharme.

Instintivamente mis pasos me guiaron hasta MacDonald’s, aquél era una especie de lugar sagrado donde, sin conocer concretamente los motivos, me encontraba en paz. Estaba sentado ante una coca-cola gigante, esforzándome por superar mi frustración y mi dolor. Cada día echaba más en falta a mi familia, a mi país. Allí me sentía huérfano, desarraigado. Por más que lo intentaba no lograba adaptarme. En el trabajo debían creer que era lento de ideas porque, a fuerza de pensar lo que decía para no molestar a nadie, volvía las frases del revés pretendiendo descartar cualquier inconveniencia. Con mi nueva familia todo era desastroso, no podía ir peor, cada vez que nos encontrábamos conseguía agravar la situación. Respecto a Midori, debía haberla defraudado mucho para provocar en ella una reacción tan crispada y poco usual. Era nuestra primera disputa y comprendí que el amor no bastaba para franquear el inmenso abismo que nos separaba. Seguro que cualquier japonés en mi lugar ya se hubiera inmolado a lo “bonzo”, pero yo no era japonés ni estaba dispuesto a rendirme.

Regresé a casa resuelto a sentar las bases de nuestra futura convivencia. Midori dormía y la desperté.

_Es imprescindible que las cosas cambien _le expuse sentándome a su lado_ Estoy dispuesto a respetar unas pautas sociales que no comparto, a observar en público unas normas que considero estúpidas, pero aquí necesito ser yo. Paso el día reprimiendo mi forma natural de ser y en mi hogar no puedo continuar fingiendo. Espero que no te moleste, desde ahora voy a vivir según mis costumbres. He de hacerlo o explotaré. ¿Lo entiendes?

Midori bajó la vista y asintió sin replicar dando por finalizado el incidente.