Capítulo 31

Sucedió lo inevitable, Miyoko, la hermana mayor de Midori, vino a Tokio para conocerme, acompañada de su marido y de su hija de tres años, y a Midori y a mí se nos invitó a un encuentro familiar en el domicilio de los Takakura. Hasta pasado un tiempo no supe que aquella cita obedecía a los esfuerzos de Chinako que, no pudiendo consentir que su hogar se desmembrase, había conseguido de su marido algo que parecía imposible, ablandarle el corazón.

Yo no había vuelto a ver a los padres de Midori desde aquel aciago día en que les comuniqué nuestro inminente matrimonio y la idea de reunirme con ellos me trastocaba. No habíamos comenzado con buen pie nuestras relaciones y entre nosotros existía un distanciamiento gélido e infranqueable que para Midori era bastante penoso, estaba muy unida a su familia y el matrimonio la había obligado a elegir entre ellos y yo. Saberme escogido en su elección no me convertía en ganador, Midori sufría y a mí me frustraba no poder hacer nada por mejorar la situación.

Interpreté aquella invitación a comer como un síntoma favorable al acercamiento, sería quizás una ocasión única para restablecer el diálogo y quise hacer cuanto estuviera en mi mano por no malograrla. Compramos regalos para todos en los almacenes Matsuzakaya y el domingo a media mañana Midori y yo nos personamos en casa de los Takakura. Midori me presentó a su hermana, a su cuñado Takishi Yamazaki y a su sobrina Miho.

Una horrible sensación de ansiedad me dominó de inmediato, temía cometer cualquier error irreparable que diera definitivamente al traste con la nimia cordialidad que yo pretendía. Era consciente del desconcierto que originaba mi presencia extraña entre aquella gente que jamás de los jamases pensó tener entre sus miembros a un “rikutsu-poi”, lógico en exceso, era uno de los calificativos empleados en Japón al referirse a los estadounidenses. Me daba perfecta cuenta de mis enormes limitaciones a la hora de desenvolverme en un ambiente estrictamente japonés, así que resolví permanecer callado a fin de no dañar ninguna sensibilidad y me limité a sonreír a unos y a otros como un perfecto majadero. Miho fue la única que se mostró entusiasmada conmigo al abrir el paquete que yo le entregué y descubrir que su regalo era una muñeca Rikka-chan, la versión japonesa de la muñeca Barbie. No nos entendíamos, pero su enternecedora ingenuidad al tocarme asombrada el cabello rubio y señalar con su dedo mis ojos azules, me proporcionó una visión certera de la realidad, y en aquel instante me reconocí más extranjero y más distinto que nunca.

La angustia se apoderaba de mis nervios, me hallaba sometido al juicio de unas personas que intentaban mantener la compostura y que, pese a sus esfuerzos, no lograban disimular sus prejuicios. La situación era de lo más violenta para todos, en especial para mí, convertido en el centro de atención. Me dejaron al margen, quiero pensar que involuntariamente, de su conversación en japonés, y aunque Midori, de vez en cuando, traducía el tema que trataban, yo quedaba excluido de su círculo. Encontraba repletas de hipocresía las sonrisas amables y el interés forzado que denotaban sus preguntas, tal vez me estaba volviendo paranoico. Akira ni siquiera se tomó la molestia de fingir, me lanzaba unas miradas envenenadas que no dejaban lugar a la duda respecto a sus auténticos sentimientos.

Un calambre en el estómago me impedía comer, sabía que ofendería a Chinako si no probaba sus viandas, pero era incapaz de tomar nada. Empecé a notar un sudor frío en la espalda, de estar sentado en el suelo tenía las piernas entumecidas y deseaba hacerme invisible con todas mis fuerzas. Tuve que ir al baño a vomitar, la tensión me puso al límite de mi resistencia, no podía más. Me lavé la cara y volví decidido a huir para siempre de aquella sinrazón, entonces me topé con los ojos asustados de Midori que me detuvieron. ¿La amaba tanto como para someterme a aquella tortura? Sí, desde luego. Por ella era capaz de padecer cualquier suplicio.