Capítulo 28

Consideraba un hecho lamentable que hombres casados y padres de familia malgastasen sus horas de ocio bebiendo en cualquier bar con sus amigos, al tiempo que, en casa, su esposa y sus hijos esperaban su vuelta. Yo me había visto forzado a entrar en aquella dinámica que obliga a los hombres a correrse juergas con compañeros de trabajo o clientes, a asistir con frecuencia a los “hoteles del amor”, a tener “novia de fin de semana” y a tratar a sus esposas igual que a simples criadas. Podía transigir con lo primero, pero acababa de casarme y no estaba dispuesto a recurrir a una prostituta por dejar alto el pabellón de mi hombría, así se lo hice entender a mis colegas, que no compartían mis mismos principios. Tal vez ellos no estaban enamorados de sus mujeres y por eso disculpaban su conducta disfrazándola de prestigio social, a mí no me importaba que ellos hicieran estragos en algunos locales del distrito Roppongi de Tokio, famoso por sus hoteles de citas, yo no traicionaría mi amor por Midori.

Los hombres japoneses no tienen ningún remordimiento al actuar con completa impunidad respecto al sexo y carecen de escrúpulos a la hora de dejar a la esposa sufriendo su ausencia, mientras ellos se divierten con sus amistades o con “amiguitas”. Yo había encontrado una mujer delicada y alegre, que me hacía sentir cómodo con sus pequeños detalles deliciosos, sabía relajarme con la dulzura de sus manos y hacerme disfrutar de la paz que desbordaba nuestro hogar. Estaba orgulloso de ella y satisfecho de mí, con Midori poseía cuanto necesitaba, una compañera jovial, una amante entregada y por eso yo la respetaba y la valoraba como se merecía.