12 de noviembre de 2006

Capítulo 27

Por un precio exagerado que incluía aportar de un mes de fianza, otro para la agencia de propiedades, otro más de regalo para el propietario de la finca y el pago adelantado del mes en curso, Midori y yo habíamos alquilado un apartamento que era minúsculo, tanto, que de un golpe de vista se podía contemplar toda la vivienda, y que se encontraba a dos horas y cuarto en metro de mi trabajo, su única ventaja consistía en disponer del mobiliario suficiente para vivir con cierta comodidad. Allí nos instalamos, con nuestro equipaje repleto de amor y de ilusiones compartidas, estábamos juntos y nada nos arredraba.

Era un día especial, nuestro primer aniversario, una semana de casados, abrí la puerta de mi diminuta casa y Midori salió a mi encuentro, la besé y me disculpé por la tardanza, eran las once pasadas.

_Siento llegar tarde. No he podido eludir un compromiso y he tenido que salir a tomar unas copas con el nuevo “bucho”, gerente de departamento, y mis compañeros. Perdona.

Me quité los zapatos en la entrada y pasé a la sala.

_¡Oh! Midori, lo lamento _pronuncié al ver la mesa magníficamente engalanada y la habitación iluminada por pequeñas velitas de colores casi derretidas.

Ella me miró, su boca intentaba sonreír, pero sus ojos evidenciaban decepción y tristeza.

Me sentía enormemente culpable y apesadumbrado. Midori se había esmerado para sorprenderme con una cena romántica y yo aparecía a aquellas horas, después de pasar la velada con unos hombres a los que no me unía absolutamente nada, ni siquiera eran amigos míos, sin embargo, una absurda etiqueta me obligaba moralmente a estar con ellos en lugar de disfrutar de unas horas placenteras en compañía de mi esposa.

_¿Querrás cenar algo? _preguntó Midori procurando parecer contenta.

_No _le respondí_ Voy a quitarme este olor a humo.

_Te prepararé el baño _repuso con una voz débil.

Midori aguardaba en la mesa a que yo saliera del "furo", me senté a su lado y reparé en que junto a mi tazón había algo muy especial, era un tenedor finamente labrado.

_Midori, es un detalle muy bonito. Muchas gracias _aprecié su regalo.

No tenía apetito, pero me pareció que era mi deber compensar a Midori por su trabajo y por su espera y me animé a comer algo. Mi plato de “sushi” parecía un cuadro, una auténtica obra de arte, con los colores de los alimentos perfectamente combinados entre sí y unas formas que iban desde las flores a las estrellas. Yo soy de las personas que prefieren que su comida esté achicharrada, de manera que tuve que realizar un verdadero esfuerzo para engullir cada pedazo de pescado crudo, la “wasabi”, mostaza verde, me hacía sentir menos caníbal y disimulaba el sabor, y el arroz tenía excesiva cantidad de vinagre para mi gusto, presentí en aquel momento que mi estómago habría de pagar un alto precio en aras de la concordia matrimonial. Elogié los platos y mi adorada Midori, consciente de la penitencia que me infringía a mí mismo, prometió incluir en nuestra dieta spaguettis, pizzas y otras exquisiteces que estuvieran más en consonancia con mi paladar.