Capítulo 26

No disfrutamos del viaje de bodas que ambos hubiéramos deseado, Midori y yo nos limitamos a hacer una escapada de fin de semana a una posada típica japonesa, situada en un paisaje especialmente bello y tranquilo en medio de las montañas.

La “ryokan”, posada, ofrecía un estilo de diseño tradicional y por su decoración y aspecto general daba la sensación de estar funcionando desde hacía mucho, mucho tiempo. Nuestra habitación tenía el suelo de tatami, cubierto por una alfombra de caña tejida como una delicada malla y con un olor áspero muy peculiar. Las puertas eran paneles corredizos de papel “shoji” decorados con pinturas negras y carecían de cerradura, lo cual hacía nuestra intimidad sumamente precaria. El mobiliario se componía de una mesa baja, un espejo y un armario y también disponíamos para nosotros de una terraza pequeña con una vista magnífica.
Nada más registrarnos, nos asignaron unas camareras que nos prepararon la mesa y sacaron del armario unos cojines para sentarnos, luego nos ofrecieron las “yukatas”, unas batas de algodón parecidas a un kimono. Midori se quitó su ropa y una de las mujeres le ayudó a ponerse la bata, entre tanto, la otra camarera me miraba atenta, yo no sabía qué esperaba de mí hasta que Midori me indicó que debía quitarme el traje. No encontré correcto desnudarme delante de dos desconocidas, pero vencí mis pudorosos escrúpulos y seguí la norma, sólo que con ligeras variaciones, ya que desconocía que ponerse una simple bata exigiera un determinado modo de hacerlo. Imité a mi esposa, sin reparar en que la prenda se cruza el lado izquierdo sobre el derecho y no al revés, cosa que hice yo. Incluso la manera de anudarse el cinturón está reglamentada y, a tenor de mi trayectoria, nadie errará al pensar que yo elegí la incorrecta. Los hombres no se atan el cinturón a la cintura, sino en la cadera y con el nudo al lado derecho, las mujeres colocan su cinturón en la cintura y se lo anudan a la espalda.

Midori y yo nos sentamos en los cojines e inmediatamente nuestras asistentas nos trajeron unas toallas húmedas para refrescarnos y posteriormente nos sirvieron el té con unos pastelitos. La posada no disponía de servicio de restaurante, bastaba tocar un timbre para que la diligente camarera se presentase con presteza a atenderte. Después de comer dimos un paseo por aquel lugar de ensueño, cogidos de la mano caminamos por los senderos de la montaña hasta llegar a un arroyo de agua límpida, aquél parecía el paisaje de una postal, idílico e imposible de existir a no ser en la imaginación de algún poeta bucólico inglés. Nos sentamos sobre la hierba fresca y contemplé a Midori, era una pieza armónica dentro de un perfecto orden. Por primera vez me sentía henchido de una felicidad y de una paz interior inexpresables, me tumbé bajo el celeste manto que nos cubría y abracé a mi mujer, permanecimos un buen rato mudos, en un silencio cómplice, sintiendo la suave brisa en nuestras caras, de repente, sentía la imperiosa necesidad de impregnarme de naturaleza, llevaba demasiado tiempo viviendo en el asfalto, respirando veneno y estrangulando mi personalidad bajo el yugo de la conveniencia. Ahora lejos de todo eso era otra persona, volvía a ser yo.

Antes de que anocheciera regresamos a la posada, al vernos entrar las camareras se apresuraron a seguirnos y preguntaron a Midori si tomaríamos un baño, ella asintió. El “furo” o baño japonés, consiste en frotarse el cuerpo y enjuagarse antes de meterse en la bañera, que es para remojarse, no para lavarse. Nuestro baño privado tenía cabida para dos personas y aproveché la ocasión para relajarme con Midori. Tras un baño reparador cenamos, las camareras volvieron para doblar la mesa y guardarla y luego extendieron sobre la alfombra el “futon” para dormir.

Midori se había ausentado y yo me quedé solo, estirado en el suelo de una habitación de papel, con una puerta que no se cerraba y con unas camareras que entraban y salían a su antojo y sin llamar previamente, vamos, igual que si fueran de la familia. ¿Qué más cabía añadir para redondear el marco de una noche de bodas? Temía que en cualquier instante una de las asistentas entrara con algún pretexto y me arruinase la velada, pero estuve de suerte, la puerta se abrió, pero para dar paso a Midori. Venía distinta, más atrayente, se acercó a mí y me besó, le desaté la “yukata” y descubrí la finalidad de su misteriosa salida, se había puesto ropa interior.

_¿Te agrada? _me preguntó refiriéndose a ella.

_Me gustas tú _respondí sin prestar demasiada atención a la lencería.

_¿Crees que es sexy? _insistió.

Me detuve a observar el conjunto de seda rosa e hice un gesto afirmativo, aunque sin convicción.

_El rosa es un color erótico _expuso algo frustrada por mi escepticismo.

_Eso va con gustos _dije diplomático_ Yo prefiero el negro o el rojo.

_¿El negro? _se sorprendió Midori.

_Como he dicho, es cuestión de gustos y posiblemente de culturas. En mi país, el rosa es el color de las niñas cuando son bebés, está asociado a la infancia y por tal motivo nadie lo consideraría sexy. El negro, por el contrario, es misterioso, seductor y despertaría la libido de cualquier hombre occidental _aclaré mi postura.

Ella hizo un mohín triste, le había chafado la sorpresa que me reservaba para aquel encuentro que los dos deseábamos fuese especial. Le acaricié la cara animándola.

_No es necesario que te pongas nada para resultar atractiva, para mí, tú eres la mujer más deseable de todas _procurando manifestarme más concluyente, le di un beso apasionado.

La noche resultó ser exactamente como la preveía, no me molestó dormir en el suelo y amanecer con la espalda dolorida, porque a mi lado estaba ella, la criatura más fantástica que pudiera soñar, con su infinita ternura y cariño daba aliciente a mi vida y hacía más tolerable mi exilio en Tokio. Sin Midori, sin su amor y su incondicional apoyo, no hubiera contado con fuerzas para soportar las duras pruebas que, cual caballero medieval, tuve que acometer durante mi estancia en Japón.