Capítulo 30

Mis compañeros de trabajo acordaron ir a un salón de baño aquella tarde, habían llamado con anterioridad para pedir hora dando por seguro que yo me apuntaría y al comentarles que nunca había estado en uno, les satisfizo introducirme en una de las más antiguas tradiciones japonesas.

Entramos en el vestíbulo del local, mis colegas andaban bastante revolucionados y yo, sin tener una idea aproximada de qué era aquello, iba dispuesto a aceptar resignado cualquier cosa con tal de no quebrantar el espíritu del grupo. Varias mujeres salieron a recibirnos y nos condujeron por separado a una sala privada.

Tras quitarme los zapatos, la masajista que me atendía me ayudó a desvestirme, me entregó una toalla para enrollármela a la cintura y me acompañó a una cabina de vapor, a la cual pasó varias veces para secarme el sudor de la frente y acercarme a los labios la bebida que había pedido. Cuando se me evaporaron dos tercios de agua del cuerpo, abandoné la sauna, la joven me despojó entonces de la toalla y yo me quedé en cueros y muerto de vergüenza, ella me mojó con varias cubetas de agua tibia que restablecieron, en parte, mi grado óptimo de humedad y acto seguido disfruté de una placentera inmersión en la bañera que distendió mi cuerpo y mi espíritu. Luego salí del baño y me senté en un banquito bajo, mientras la mujer frotaba mis músculos con fuerza y volvía a verter sobre mí cubetas de agua.

Después de secarme, me tumbé boca abajo en la mesa de masaje, mi trasero estaba cubierto por una toalla y eso me proporcionaba una mínima seguridad. El masaje se inició en el cuello y prosiguió por el resto de mi anatomía hasta los dedos de los pies, me di la vuelta para comenzar por la otra parte y, basándome en la manera de dar fricciones sobre cierta zona, deduje que la finalidad de la masajista tendía más a estimular que a relajar. Mi cuerpo reaccionaba complacido y mi mente, violentada por la impensada situación, lanzaba órdenes desesperadas para impedirme sucumbir a las hábiles manos que me acariciaban. Curiosamente, aquella batalla la ganó el adversario más débil, la carne.

Omití referirle a Midori mi visita al salón de baños, supuse que ella sabría lo que ocurría en ellos y me faltó valor para admitir aquel desliz involuntario.