Capítulo 25

Venciendo la resistencia paterna, Midori y yo nos casamos. La nuestra no fue una ceremonia ritual ante el altar de los dioses sinto, donde el marido, el intermediario que ha propiciado el matrimonio, los parientes y los amigos del novio se ponen a la izquierda del "kami-dana", altar de los dioses, a la derecha se sitúan la esposa, la mujer del intermediario, los parientes y las amistades de la novia. Junto al altar permanecen el "kannushi", el sacerdote que celebrará la unión, y una o dos "miko", jóvenes al servicio del templo. El sacerdote lee un "norito", juramento ante los dioses, que no hay quien entienda porque está escrito en japonés antiguo. Después, con el sonido de una música sacra de fondo, se procede al intercambio de las copas de sake, es el "San-San-Kudo". Los recién casados beben tres veces en tres tazas que se pasan una tras otra. Una “miko” les indica la manera de sostener las copas y acto seguido distribuye el sake entre los presentes que beben en honor de los esposos. Ya se ha celebrado el matrimonio. La recién casada, conducida por otra “miko”, se pone al lado de su marido y en presencia de los intermediarios los esposos dan las gracias a sus padres y reciben las felicitaciones de los invitados. Tras el acto se celebra una gran comida, en la que las familias y los amigos se encuentran por vez primera.
Midori no vestía el kimono tradicional con mangas hasta el suelo, ni llevaba sobre la cabeza la cinta blanca de seda, para evitar los cuernos de los celos a una esposa que no puede esperar que su marido le sea fiel, no bebimos el sake preceptivo y no hubo banquete nupcial. Tampoco nos hicimos una de esas fotografías matrimoniales, en las que las familias aparecen en un orden estudiado, vestidos de negro y con cara de funeral, y que luego funciona a modo de lista de testigos agraviados, si se incumple el contrato. Tan sólo tuvimos una celebración sencilla y sin invitados en la embajada de Estados Unidos en Tokio.

Los dos hubiéramos preferido estar acompañados por nuestras respectivas familias y amigos para festejar una ocasión tan señalada, el acto estuvo empañado por el recuerdo de esos seres queridos que, voluntaria e involuntariamente, habían dejado de asistir al acontecimiento más trascendental de nuestras vidas. Pero no nos importó demasiado superar el trámite que nos convertía en marido y mujer de una manera fría y con la impresión de estar haciendo algo malo, nos teníamos el uno al otro y con eso nos bastaba.