Capítulo 24

Antes de casarnos Midori me pidió que la acompañase a rezar y visitamos juntos el santuario sintoísta de Yasukuni.

Los fieles no entran a orar dentro del recinto, presentan sus respetos y dicen sus plegarias fuera, ante un altar. Las “torii” son las puertas simbólicas que delimitan y aíslan la vida exterior del interior del templo, después de traspasar estas puertas se supone que los devotos se preparan para una especie de comunión con la esencia divina del santuario.

El sintoísmo no tiene fundador reconocido y carece de libros sagrados, enseña que todas las cosas que existen poseen espíritu y forman parte de un gran universo que necesita una relación simbiótica para que exista un cosmos en armonía, “wa”.

El santuario Yasukuni es un paraje de una belleza sobrecogedora donde se venera a los muertos de guerra de Japón, a pesar de contemplar aquello con ojos profanos no pude sustraerme al halo místico que envolvía el lugar y me hacía participar de la paz que allí se palpaba. Midori compró un “o-mikuji”, unas tarjetas que se venden en los santuarios y que son parecidas a los horóscopos, lo mismo te auguran el futuro de una relación, que el resultado de un viaje, como te ayudan a invertir en bolsa, y es que ochocientos dioses dan mucho de sí a la hora de responder a las peticiones, que se cuelgan de un árbol escritas en una tarjeta.

Parece mentira que una nación tan avanzada como Japón continúe impregnada de tradiciones y supersticiones tan antiguas. La importancia de lo sobrenatural hace que proliferen los adivinos, sus tenderetes están instalados en las esquinas de las calles más concurridas y pequeñas filas de personas de todo tipo aguardan turno para conocer su destino. En ocasiones, las supersticiones llegan a convertirse en ritos sociales, tales como el de purificar una casa poniendo en la entrada pequeños montículos de sal o que un sacerdote vestido de blanco expulse los malos espíritus del lugar donde va a construirse una fábrica, un centro comercial, etc.