Capítulo 23

Midori y yo habíamos tomado la determinación de casarnos y, para ello, del único respaldo que disponíamos era nuestro amor y la fuerza que este sentimiento nos daba.

Yo lo tenía todo en contra, el padre de Midori y, por extensión, su familia se opondrían a nuestra boda. No importaba quién era yo, para ellos siempre sería un norteamericano, alguien de distinta raza, cultura, religión y valores, y ese impedimento era insuperable a sus ojos.

Debía entrevistarme con Akira Takakura y el encuentro me producía pavor, era un hombre rígido y de una frialdad capaz de helarle a uno el alma, su cara manifestaba una expresión inescrutable, que ocultaba, igual que una máscara, cualquier aspecto humano que pudiera subyacer bajo su coraza de “samurai”, la animadversión que sentía hacia mí era lo único que emergía de su interior. Jamás había tenido que enfrentarme a un adversario semejante, me intimidaba más por ser el padre de Midori que por cualquier otra cosa, sin ella por medio, nuestro debate hubiera sido bien distinto. Pero estábamos condenados a soportarnos mutuamente, dentro de poco estaríamos emparentados y aunque sospechaba que este hecho no modificaría un ápice su opinión sobre mí, como mínimo esperaba algo de aquiescencia por su parte.

Llegué a casa de los Takakura preparado para la guerra. Midori me abrió la puerta e intentó animarme exhibiendo una sonrisa esperanzada, aunque los dos sabíamos que nos enfrentábamos a una férrea oposición. Ella había procurado allanarme el camino poniendo en antecedentes a sus padres sobre el motivo de mi visita, ahora Akira estaría doblemente contrariado, su hija le había desobedecido al continuar con nuestra relación y por si esto era poco íbamos a casarnos. Las doscientas treinta y nueve toneladas de plutonio que cayeron sobre Nagasaki eran pétalos de rosa, en comparación con lo que se les venía encima a los Takakura.

Pasé a la reducida sala donde me aguardaban Chinako y Akira Takakura, nos saludamos y me invitaron a sentarme, estábamos los cuatro acuclillados en el suelo alrededor de una mesa baja, no nos atrevíamos a mirarnos y yo casi no osaba ni a respirar. Akira jugaba en su campo e inició la conversación.

_Volvemos a vernos, Harris-san _dijo en un tono tan impersonal que tanto podía expresar sorpresa por verme, como un profundo disgusto.

_Imagino que Midori les ha informado de la razón de mi presencia aquí _comencé en un tono sosegado.

_Estamos al corriente de sus intenciones _Akira hizo un gesto y las dos mujeres se levantaron de la mesa y desaparecieron de la habitación.

Había ensayado anteriormente el corto discurso que serviría para exponer mis planes de futuro, pero era el momento decisivo y mi mente se había quedado obstinadamente en blanco, tenía la boca seca, las manos húmedas, el corazón descontrolado, el estómago hecho un nudo y las palabras no me salían. Exhalé el escaso aliento que me quedaba y emprendí mi exposición.

_Takakura-san, Midori y yo vamos a casarnos. Estoy seguro de que usted no aprueba nuestro matrimonio, ya quedó patente la animosidad injustificada que siente por mí. Sólo deseo hacerle saber que para su hija representa mucho contar con su beneplácito y yo le agradecería que no se opusiera al enlace, aunque no esté de acuerdo con él _Akira juntó las manos como en disposición de rezar, había cerrado los ojos y de no saber que es la posición que adoptan los japoneses para aislarse mentalmente y pensar, hubiera jurado que me estaba ignorando.

_Es usted arrogante, igual que todos sus compatriotas _me soltó Akira tras un deliberado silencio_ Viene a mi casa para ofenderme con el talante prepotente del hombre que no respeta nada, pretende casarse con mi hija ignorando con su impetuosa irresponsabilidad los inconvenientes que conlleva esta unión. ¿Qué porvenir le espera a mi hija con usted?

Quise saltarle a la yugular, pero recordé que, en Japón, la humildad es el camino que conduce a cualquier fin. Me tragué mi orgullo afrentado y permití que Akira me insultara, estaba discutiendo en unas coordenadas que no me eran habituales, de manera que tendría que observar sus reglas. Para Midori su familia era muy importante, estaba dispuesta a sacrificarla por mí, pero yo no podía permitirlo, debía poner a prueba mis habilidades conciliatorias y conseguir que las relaciones familiares no se rompieran definitivamente.

_Le pido perdón, Takakura-san. Las emociones me han llevado a ser descortés y a olvidar el respeto que le debo. Me cuesta un gran esfuerzo encontrar la manera de no herir sus sentimientos y le ruego que sepa disculpar mi torpeza si lo hago. Sé que Midori siente por su familia una profunda veneración y no deseo ser la causa de una ruptura entre ustedes. De hecho, si estoy aquí es porque pretendo que entiendan mi postura. Amo a Midori, quiero compartir mi vida con ella y le garantizo que haré cuanto esté en mi mano para que sea feliz _repuse de una manera sumisa.

_¿Puedo conocer cuál es la opinión de sus padres al respecto? _se interesó Akira.

_Les he telefoneado para comunicarles mis pretensiones. No conocen a su hija, aunque les he hablado de ella en términos tan elogiosos que estoy persuadido de que la recibirán con agrado _contesté nervioso.

_¿Eso cree? _su retintín se me antojó ofensivo.

_¿Qué insinúa?

Él me miró sin responderme.

_¿Piensa que albergarán algún recelo por ser Midori japonesa? _advertí en sus ojos que, aunque no quisiera admitirlo, era lo que le preocupaba_ Mi padre es profesor de historia y mi madre rehabilita a niños con discapacidades físicas. Tengo dos hermanos mayores, Daniel, que está casado y es padre de una niña, trabaja como químico en un laboratorio de control de residuos, y mi hermana Jane es periodista. Les considero unas personas razonables y tolerantes y no dudo de que acogerán a Midori sin el menor inconveniente _contesté saliendo en defensa de mi familia.

Akira parecía conforme con mi respuesta, sin embargo, yo no las tenía todas conmigo.

_¿Y qué hay de usted? ¿Cuáles son sus proyectos inmediatos? _me preguntó abiertamente.

_Yo espero acabar a satisfacción de mis superiores el curso preparatorio que he venido a realizar aquí. Mi compañía en San Francisco me eligió para actuar de intermediario entre ellos y la empresa matriz de Tokio. Luego me reincorporaré a mi anterior plantilla _expuse.

_Supongo que, cuando esto ocurra, mi hija le acompañará a los Estados Unidos _comentó planteando una cuestión crucial para él.

_Por supuesto, Midori vendrá conmigo allá donde yo vaya _dije dejando patentes mis intenciones.

_Veo que ha programado meticulosamente su futuro y el de Midori. Yo no puedo intervenir en él _concluyó, y con la vaguedad de sus palabras me impidió entender su decisión definitiva.