Capítulo 22

En un ataque de repentino arrojo me decidí a hacerle a Midori la pregunta del millón de dólares. Era la primera vez que le pedía a una mujer que se casase conmigo, había mantenido varias relaciones amorosas más o menos formales, aunque jamás experimenté por ninguna amiga un sentimiento tan vehemente que me impulsara a proponerle que fuera mi esposa.

Con Dianne, mi idilio más largo, creo que nunca superamos la fase de la amistad, compartíamos muchísimas cosas en común, nos compenetrábamos a las mil maravillas y congeniábamos hasta el extremo de que nuestra vida juntos carecía de alicientes y sobre todo de chispa. La convivencia nos fue distanciando lentamente y a los dos nos faltaba el valor suficiente para dar el primer paso y romper el absurdo nexo que nos mantenía atados en un conformismo que hubiera acabado por destruirnos de no haberle puesto fin a tiempo.

Ahora, tras siete meses de noviazgo, estaba convencido de que Midori era la compañera ideal que siempre había buscado, la madre de mis hijos, el consuelo de mis penas, la causa de mi alegría, por eso, estaba dispuesto a iniciar con ella una aventura de resultado incierto. Era consciente de los escollos que habría de sortear: mi futura familia política me consideraría un advenedizo, mi suegro no podía tener un criterio peor de mí y tal vez se negase con rotundidad a que me casase con su hija, esto era lo que más me preocupaba, porque Midori deseaba contar con su aprobación; no conocía a mi suegra, Chinako, ni a Miyoko, la hermana mayor de Midori, que vivía en Osaka con su esposo y su hija, aunque estaba seguro de que ellas no representarían el obstáculo más grande que debería salvar para integrarme en la familia Takakura, si es que algún día lo lograba.

En cuanto a mis padres y a mis hermanos, les conocía bien, y su talante liberal y comprensivo les permitiría aceptar, salvando la sorpresa inicial, a mi esposa.

Mi unión con Midori sería la de dos mundos remotos, con tan pocos nexos que sin una sólida base afectiva todo se vendría abajo. Eran muchos y de muy diferentes índoles los inconvenientes que tendríamos que afrontar, aunque algo en mi interior me animaba a seguir adelante con mi firme propósito, pues albergaba la certeza de contar con el ingrediente indispensable para que aquello funcionase, amor. Los retos siempre me han excitado y éste, sin duda, era el más estimulante de todos.