Capítulo 21

Tenía entendido que el primer deporte de Japón era el sumo, aunque yo me atrevería a afirmar que es el “pachinko”, a juzgar por la ingente cantidad de adeptos y adictos a este juego de azar.

A la salida de mi trabajo y de camino al metro pasaba cada día delante de un local “pachinko”, anunciado con un estridente letrero de neón. En su interior, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, estudiantes y empleados, todo bicho viviente juega al pasatiempo nacional.

Las máquinas de “pachinko” no descansan un segundo, incluso hay que guardar cola para acceder a ellas. El juego es una especie de máquina del millón americana, se introduce el dinero en la ranura y el jugador recibe cincuenta bolitas metálicas que debe procurar meter en cualquiera de los ocho orificios del tablero. Por cada éxito en este sentido, la máquina le devuelve al jugador quince bolas, estas bolitas de premio se canjean a la salida por diversos artículos: paquetes de cigarrillos, latas de conserva, galletas, etc. A la vuelta de la esquina las mercancías pueden cambiarse por dinero en efectivo, no es legal, aunque es lo habitual, sobre todo entre jugadores profesionales que se ganan la vida de esta manera.

Es tan enorme la atracción hipnótica del juego que, cada día, millones de japoneses siguen embobados los movimientos de las bolitas por el tablero de “pachinko”. Algunos ludópatas arruinados acaban, incluso, suicidándose. Quien siempre gana es el propietario de las máquinas que con toda probabilidad formará parte de alguna red organizada de “yakuza”, el equivalente mafioso de Japón.

Si alguien duda que los japoneses poseen sentimientos, que pase por un local “pachinko” y observe a los perdedores. Los nipones no saben perder deportivamente, la derrota no forma parte de sus tradiciones. A todos nos disgusta ser vencidos, aunque la desesperación de un japonés es ostensible cuando ve contrariados sus propósitos de victoria. Es de las pocas ocasiones en que no fingen impasibilidad y, si han de llorar su fracaso, lloran.

El “pachinko”, según los expertos, alivia el estrés y ayuda a mejorar la capacidad de concentración. No puedo garantizar sus virtudes terapeúticas, pero, desde luego, contemplar a los jugadores es una lección magistral de sociología y psicología.