16 de septiembre de 2006

Capítulo 20

Era sábado y algunos compañeros de trabajo me habían invitado para que les acompañase a la ciudad de las geishas de Kyoto. Nos unían intereses diversos, ellos conocían previamente lo que nos depararía el viaje y yo iba dispuesto a dejarme sorprender por lo que en mi ignorancia suponía que eran las geishas.

Fuimos al distrito de Gion Machi, que según me señalaron era el más famoso de Japón desde el año 1600, y entramos en uno de esos establecimientos de geishas. Éramos diez hombres, vestidos con una "yukata" que nos ofrecieron al entrar, y tres mujeres, y nos encontrábamos sentados alrededor de unas mesitas bajas conteniendo los restos de la comida que acabábamos de tomar, frente a cada uno de nosotros había una botella de cerveza o una jarrita de sake y las tres geishas se encargaban de que nuestros vasos estuvieran siempre llenos. Una de las mujeres propuso que alguien danzase, es lo que yo deduje, entonces mis camaradas empezaron a corear el nombre de Kenji Morita, el hombre que ostentaba la mayor jerarquía de los allí reunidos, y éste, animado por la expectación del grupo, se decidió a levantarse. Adoptó una pose teatral y los demás aplaudieron, una geisha tocaba el “shamisen” y Morita-san comenzó a bailar con aquella música solemne de fondo. Yo no daba crédito a lo que ocurría, en mi país, un hombre adulto no se atrevería nunca a hacer algo tan ridículo, pero ni a él ni al resto de los concurrentes parecía importarles lo más mínimo. Se hizo el silencio y el bailarín siguió ejecutando su danza como si tal cosa.

Morita-san era uno de mis superiores y, por lo tanto, reprimí mi risa al verle realizar sus piruetas, para mí era inverosímil que un hombre, al que yo consideraba tan serio y tan preocupado por las apariencias, se desentendiera de sus prejuicios de esa manera. Seguramente mis ojos alucinados estaban viendo algo completamente diferente a lo que veían los otros, porque todos contemplaban la actuación entusiasmados y con sumo respeto. O yo había idealizado demasiado el mundo de las geishas o la reunión no se correspondía con mis ilusiones.

Literalmente, una geisha es una persona que practica las artes, ha estudiado danza, poesía y música y dado que esta educación es muy cara suele quedar endeudada de por vida y ha de vivir bajo el control de la dueña de la casa donde ha hecho su aprendizaje o buscarse uno o varios “protectores” que la mantengan. Con la cara maquillada e irreal, su magnífico kimono, el cabello lacio y unas maneras enormemente ceremoniosas, las geishas son la visión de un ser físicamente presente y al mismo tiempo ausente. Con absoluta seguridad son espirituales y muy cultas, pero a mí me decepcionaron.