Capítulo 19

Me enteré de la existencia de un Club Americano, venía a ser un refugio para los norteamericanos que, al igual que yo, sufrían la imperiosa necesidad de contactar con cualquiera que compartiese aunque sólo fuera un idioma común. Allí me encontré con gente de diversas partes del país y todos teníamos vivencias comunes que participar. Coincidíamos en las dificultades que nos planteaba el día a día y, si para los hombres era difícil enfrentarse a un trabajo con unas normas tan particulares y bajo una disciplina agobiante, para las mujeres era casi imposible soportar las largas ausencias de sus esposos, pasar el tiempo solas, con la única esperanza de ver regresar al marido entrada la noche y muerto de cansancio tras una jornada maratoniana, era deprimente para ellas.

Intercambiamos multitud de anécdotas. A un comerciante de Arizona le sorprendió que una mañana se presentase en su domicilio un vendedor ambulante de preservativos, y la esposa de un diplomático nos refirió la historia de un taxista que al ser pillado in fraganti haciendo el amor con su esposa en los jardines imperiales, alegó ante la policía que en su casa no disponía de espacio suficiente ni de intimidad, ya que compartía vivienda con sus padres.


Otra señora nos contó su tropiezo, el primer día que fue a comprar a unos grandes almacenes y las señoritas de la entrada se inclinaron ante ella para decirle en japonés “sinceramente, muchas gracias”, ella pensó que le estaban informando de alguna cosa que no entendía e intentó que le aclarasen el vocablo, con lo cual sólo consiguió azarar a las señoritas, que no comprendían sus requerimientos, y acabar neurótica.


A otro contertulio le sorprendía que hubiera cinco clases de teléfonos distintos, según la moneda que se utiliza y el tipo de llamada que se realiza, hay que elegir entre el teléfono verde, amarillo, azul, rosa o rojo.

Es curioso, pero casi todos nosotros lo primero que habíamos aprendido a decir en japonés era “sumimasen”, algo parecido a la culpa que siento no tiene fin, es una palabra polivalente, sirve de preliminar a cualquier pregunta, a toda introducción y es la disculpa más usual para las pequeñas transgresiones. La otra palabra clave en japonés es “dozo”, que equivale a por favor, usted primero, yo le ruego... Siempre la eterna disculpa, hicieses lo que hicieses y dijeras lo que dijeras era imprescindible pedir perdón de antemano.

Volví en varias ocasiones, hasta que me di cuenta de que no podía vivir de recuerdos de mi patria que acrecentasen mi melancolía y mis ansias por regresar. Además, estreché lazos con Midori y ella se convirtió en el centro de todo mi universo.