Capítulo 18

A los japoneses les gusta vanagloriarse de que la empresa son las personas. Hasta tal punto está arraigada la devoción de los empleados por el sitio donde trabajan que a menudo se refieren a él llamándolo “uchi”, que significa mi casa, eso convierte a la compañía en mucho más que un lugar de trabajo. Si a un japonés se le pregunta por su empleo no responderá que es maestro, técnico o mecánico, siempre dirá que es miembro de la escuela tal o de la corporación cual.

En mi país dos personas de diferentes categorías, que por razones laborales establecen un roce diario, pueden llegar a hacerse amigos o, cuando menos, mantener una buena relación de camaradería, esto, en Japón, es prácticamente imposible que ocurra. La lealtad individual está supeditada a la del grupo al que se pertenece y eso impide relacionarse con extraños e incluso con personas de un mismo nivel profesional. Bajo tales circunstancias, no es raro que exista una cautela y una prevención, por no decir hostilidad, entre los compañeros de una misma empresa y más todavía con los de empresas ajenas. La exclusividad laboral se lleva a unos extremos que, en ocasiones, si se ha de trabajar con otra compañía y por determinadas circunstancias se mantiene una relación personal con algún trabajador de ella, se refieren a eso como “hacer negocios con el enemigo”.

Contrariamente a lo que pueda parecer normal, en Japón, no se asciende a la persona que detenta más méritos académicos o laborales, por lo regular se promueve al empleado que mejor se lleva con los demás, que se preocupa por el bienestar y la armonía y es el más flexible. Si alguien resulta ascendido, casi ha de pedir perdón por ello y mirar de no levantar críticas ni sospechas, ni por parte de los superiores ni de los subordinados.

A mí se me estaba instruyendo en varios departamentos, pasé por el “kokusai bu” o departamento internacional, también por el “shogai bu”, departamento de relaciones públicas y finalmente por el “eigyo bu”, o sea, departamento de ventas. Estas enseñanzas iban encaminadas a convertirme en un “chukai-sha”, el hombre mediador, mi futuro trabajo, tras el intenso periodo de formación, sería el de intermediario en las transacciones mercantiles. Este puesto es muy valorado en Japón, el intermediario cuenta con un amplio círculo de relaciones y contactos y es considerado respetable y digno de confianza, es el que prepara el camino para desarrollar las relaciones formales entre las partes. La capacitación que ofrecía mi compañía no sólo abarcaba las áreas técnicas, también se centraba, y con especial énfasis, en los aspectos morales, éticos, filosóficos y políticos. Estos conocimientos imprimen el sello distintivo de la corporación a sus empleados, que adoptan como filosofía vital la doctrina de su empresa. En mi caso las directrices estaban claras: primeramente, responsabilidad total hacia Japón, segundo, responsabilidad hacia mis compañeros y tercero, triunfar en mi trabajo. Estos eran mis principios guía.

Pero trabajar en Japón también tenía su lado negro, no gozaba de ninguna ventaja económica y eso que el costo de la vida era de tres a cinco veces superior al de Estados Unidos, no disponía de tiempo libre suficiente, había perdido totalmente el contacto con mi empresa en Norteamérica y superar esta fase de formación no implicaba que obtuviera una mejora laboral ni retributiva al regresar a mi país.

En términos personales se había reducido mi nivel de vida y mi estado mental estaba a punto de conducirme directamente al psiquiátrico; con frecuencia surgían malentendidos y fricciones con los demás, fruto directo de la diferencia de idioma y valores, y esto provocaba que el estrés me saliera por las orejas; el riesgo de sufrir una úlcera o un infarto se me habían multiplicado por mil; sin olvidar las veladas etílicas que me veía obligado a soportar por no perder el poco “prestigio” que tenía entre mis colegas. No podía ir a ningún sitio que no estuviera hasta los topes, ya fuera el metro, las tiendas, los bares o las calles; había de sobrevivir con la amenaza potencial de padecer un terremoto o ser damnificado por un tifón. Me sentía aislado, discriminado, padecía la xenofobia solapada de los japoneses, era considerado un peligroso competidor en el ámbito laboral y, sin embargo, yo seguía empeñado en alcanzar el éxito con megadosis de paciencia, perseverancia, inteligencia y comprensión, que algún día esperaba ver recompensadas en su justa medida.