18 de agosto de 2006

Capítulo 16

Necesitaba urgentemente un corte de pelo si quería dar buena imagen, así que le pedí a uno de mis compañeros que me recomendase una peluquería. Lo que en ella aconteció fue otra de las vivencias inauditas de mi estancia en Tokio.

Entré en un salón amplio y lleno de espejos, al fondo se veía un pequeño jardín y sonaba una música suave, los empleados eran más que los clientes, de manera que no tuve que esperar y me atendieron inmediatamente. Yo desconocía en qué consistía la gama de “tratamientos” de los peluqueros japoneses y me senté confiado en un sillón que subía, bajaba y se balanceaba igual que una montaña rusa. El peluquero, con la boca cubierta por una mascarilla de cirujano, se aproximó a mí y me dejó la cabeza idéntica a la de un anuncio de champú. Después del lavado y de subir, bajar y girar en el sillón, el hombre, equipado con unas tijeras, se dispuso a cortarme el cabello a una velocidad tal que cuando pude darme cuenta me había convertido en un marine. ¡Horror! Mi pelo medía menos de dos centímetros y suerte tuve de detener a tiempo la tijera asesina. Rehusé enérgicamente el rasurado de la frente y el corte de los pelitos de la nariz, de las orejas y de las cejas. En vista de sus fracasados intentos, el peluquero me agarró por las muñecas, luego por los brazos, los hombros, la nuca, el cuello y la frente y me dio masajes, golpes y vibraciones que me produjeron escalofríos, con posterioridad supe que era para relajarme y, sinceramente, falta me hacía.

De nuevo arriba, abajo y vuelta en el sillón, ahora para despojarme del peinador. El delito estaba consumado con una ejecución perfecta. En la caja me obsequiaron con una pastilla de jabón, un cigarrillo y una caja de cerillas, y antes de salir recibí las reverencias de los presentes. Puse pies en polvorosa y tomé buena nota para no regresar.