11 de agosto de 2006

Capítulo 15

Mi primera y única visita a una piscina pública figurará en los anales de mi historia personal por ser un acontecimiento difícilmente olvidable. Anno-san, mejor dicho, Shiro-san, cuando uno adquiere cierta confianza con un japonés se le permite llamarlo por su nombre, eso sí, no hay que omitir el “san”. Como decía, Shiro-san me sugirió la posibilidad de ir a nadar, los japoneses son amantes de los deportes y yo me apunté encantado de salir de mi tediosa monotonía cotidiana.

Tardamos años en llegar a la piscina y una vez allí comprobamos descorazonados que el gentío era impresionante. Primero nos lavarnos a conciencia para que los vigilantes no nos enviaran de vuelta a las duchas por falta de higiene, ya estábamos relucientes y nos acercamos al borde de la piscina, no había un mililitro cúbico de agua libre y aun así nos atrevimos a probar suerte. Llevábamos apenas dos segundos dentro y los vigilantes nos desalojaron a todos, Shiro-san me aclaró que era por los ahogados, y mi primera reacción fue ir a prestarme como socorrista, había hecho un cursillo de salvamento y quería ofrecer mi ayuda, cuál no sería mi sorpresa al conocer que nadie estaba en peligro, se trataba de una de las revisiones rutinarias efectuadas cada hora con el objeto de comprobar que no hubiera nadie ahogado en el fondo de la piscina.

Después de aquello no tuve valor para volver a bañarme, me enrollé la toalla a la cintura y me quedé esperando a que mi compañero regresara de su particular chapuzón. Al llegar junto a mí, Shiro-san me miró nervioso y me rogó en voz baja que me quitase rápidamente la toalla y me vistiera, podrían llamarme la atención por ir desnudo, le contesté que conservaba puesto el bañador y él se tranquilizó. En Japón la “temeridad” que yo había cometido equivalía a una sanción por escándalo público.