4 de agosto de 2006

Capítulo 14

Telefoneaba a Midori al banco e invariablemente, al dar mi nombre, me contestaban que estaba ocupada y no podía atenderme. Comprendí el mensaje de fondo y determiné pasar a hablar con ella personalmente, hacía días que no tenía noticias suyas, no se presentó a nuestra última cita y yo empezaba a desesperarme.

Me senté ante la mesa de Midori y me quedé observándola fijamente mientras ella, confusa, no se decidía a mirarme.

_Pasaré la mañana abriendo cuentas corrientes o gritaré delante de todos que te quiero. Haré lo que sea con tal de que hablemos. Tú decides _expuse con decisión.

Midori me miró fugazmente, estaba asustada, sus mejillas ardían de rubor y sus ojos brillaban con una luz especial que no olvidaré. Consintió en que nos viésemos por la tarde y charlamos durante varias horas, me confesó sus miedos, no podía desafiar la autoridad de su padre, vivía bajo su techo y le debía respeto por encima de cualquier otra consideración.

Ella había estado comprometida, pero su prometido murió de una súbita enfermedad que no especificó. En Japón, los hombres se casan a los treinta años y las mujeres a los veinticinco, por alguna oscura razón la mujer que llega a los veintiséis años soltera es mirada con recelo por los varones, estos le suponen algún defecto insalvable que les impide casarse con ella. Midori se hallaba en aquella comprometida edad y su padre no quería que yo, un extranjero sin escrúpulos, me aprovechase de ella, intentaba protegerla de mí.

Le declaré mi amor a Midori y ella no reconoció que me correspondiera, aunque debía sentir lo mismo por mí, ya que me admitió sin reservas, solamente me impuso un requisito para salvaguardar nuestra relación, su padre no debería enterarse de nuestros futuros encuentros, para conseguirlo nos atendríamos a un horario “normal” de salidas, nada de llamadas telefónicas que nos delatasen, ningún comentario a terceros sobre el tema, recapitulando, discreción total y absoluta.

Admití sus condiciones e iniciamos un romance secreto y apasionado. Empecé a vivir por y para aquellas citas clandestinas que daban un sentido a mi vida en Tokio.