1 de julio de 2006

Capítulo 9

Fui a cenar con Midori Takakura, ése era el nombre de la empleada del banco. Ella eligió el restaurante y decidió el menú, “sabu sabu”, porque sobra confirmar mi desconocimiento total sobre cocina japonesa. A la par que el camarero nos servía, empezaron mis problemas; yo no estaba familiarizado con el uso de unos endiablados palillos que me obligaron a hacer juegos malabares con la comida y que se me rebelaban a cada tentativa mía de introducirme algo sólido a la boca. Me parecía sentir las miradas de los otros comensales clavadas en mí y esto me provocaba la sensación de ser el bufón encargado de amenizarle la velada a aquella gente. Por ventura, se trataba de una falsa impresión, los japoneses, gente educada donde las haya, no osan observar fijamente a nadie, y cada uno se ocupaba de lo suyo haciendo caso omiso a mis infructuosos esfuerzos. También Midori mantenía la vista fija en su cuenco, no se atrevía a quebrantar mi intimidad, cosa que le agradeceré siempre, porque estaba pasando por el bochorno más espantoso de mi vida.
La cena era una especie de sopa que se cocía en la mesa, ante nuestros propios ojos, y Midori me iba dando las directrices para seguir el orden correcto. En primer lugar se come la carne, si uno es hábil y posee la destreza necesaria para coger un filete entre los palillos, sujetarlo el tiempo suficiente sumergido en el caldo y metérselo en la boca; luego les toca el turno a las legumbres, después al “tofu” y por último se toma el caldo como sopa o se vierte sobre el arroz. A pesar de que no me desagradaba aquel plato, hubiera matado por un buen bistec con una montaña de patatas fritas bañadas en ketchup.

Al acabar el ágape, y debido sin duda al alto grado de agitación reprimida en el que me hallaba, me dio por hablar. Por lo general, no soy excesivamente charlatán, suelo mantener una actitud interesada y escucho a los demás, pero aquella era una circunstancia excepcionalmente anómala y supongo que me explayé a mis anchas. Ni por todo el oro del mundo sería capaz de recordar una palabra de las que pronuncié esa noche. Midori me miraba discretamente, sin dejar translucir sus emociones, apabullada por mi locuaz cháchara. Cada vez que me fijaba en ella me parecía más hermosa, sus espectaculares y penetrantes ojos negros esquivaban los míos cuando ambos coincidían y su amable sonrisa me hechizaba y me infundía serenidad. ¿Eran figuraciones mías o me estaba enamorando de una forma fulminante?

Hasta entonces no había creído en los amores a primera vista, porque nunca, hasta ese día, tuve delante a Midori. Era exquisitamente sensual y delicada, su rostro dulce y sus ademanes comedidos, las manos finas, largas, su melena de un azabache brillante, todo en ella me seducía. Deseaba hacerle una propuesta íntima aunque, ni por asomo, conocía el modo de abordar el tema. En un país plagado de reglas implícitas y explícitas, ¿de qué manera le haría saber un hombre a una mujer sus nada decentes intenciones?

En Japón las relaciones personales se regían por un código diferente al que yo estaba acostumbrado a emplear, todo se hallaba sometido a un ritual riguroso y estricto cuyas claves eran un enigma para mí. En mi cultura se conceptuaba favorablemente a las personas que van directamente al grano, allí, los circunloquios eran lo más adecuado. Escudándome en mi condición de "gaijin", extranjero, recién llegado y absoluto desconocedor del proceder al uso, le rogué a Midori, entre mil y un perdones, que volviéramos a vernos. Ignoro qué dije para convencerla, quizás por casualidad encontré las palabras adecuadas o tal vez ella aspiraba secretamente a lo mismo que yo, la cuestión es que aceptó.