30 de julio de 2006

Capítulo 13

Pasé la noche en blanco, planteándome mil cuestiones y sin hallar las respuestas que buscaba. Encontraba el suceso indignante, ¿cómo se atrevía aquel tipo a irrumpir en mi habitación para llevarse a Midori? ¿Quién se pensaba que era? ¿Y Midori? ¿Qué habría sido de ella? Sabía que en Japón aún hay parejas que se casan obligadas por la conveniencia de la familia o de la empresa, en el caso de que el futuro consorte haya sido elegido por un superior, pero no estaba dispuesto a tolerar que mi amor se frustrara.

Por la mañana me levanté temprano para acudir a una “koban”, comisaría, que era como una cabina telefónica con forma de pagoda, pretendía formular una denuncia contra lo que yo consideraba una violación de mis derechos, y el agente, que me escuchaba con la misma cara de asombro que si le estuviera contando que acababa de aparcar mi platillo volante en la esquina, me hizo entender que su misión consistía en vigilar la calle e informar al público, no obstante, me apuntó la dirección de una comisaría central en una tarjeta y hacia allí encaminé mis pasos.

Parece ser que en Japón, cuando alguien intenta elevar una queja ante algún organismo, se topa con que no hay nadie dispuesto a responsabilizarse del error y es enviado de ventanilla en ventanilla, siendo difícil que se le solucione el problema. Después de más de media hora de improductivas gestiones en un edificio atestado de funcionarios, dejé bien claro que no me marcharía sin antes haber hablado con un responsable policial. Todavía hube de esperar otros veinte minutos hasta que fui atendido por un hombre que, acaso por la muralla idiomática que nos separaba, no concebía mis reclamaciones. Hubiera preferido no hacerlo, pero su pasividad me forzó a amenazarle con acudir a mi embajada para presentar una demanda formal. Mi aviso obró el milagro esperado. El hombre descolgó inmediatamente el teléfono y su llamada trajo ante mí, a una celeridad impensable minutos antes, al individuo del hotel.

Los dos policías mantuvieron una corta conversación en japonés y luego el jefe me habló en mi idioma.

_Dado que se trata de un asunto personal, será mejor que lo resuelvan entre ustedes de forma privada _manifestó conciliador.

_Es algo más que un asunto personal _protesté enfadado_ Estamos hablando de una violación de mi intimidad.

Los hombres volvieron a hablar entre ellos y finalmente el padre de Midori me hizo seguirle hasta una sala diminuta para dirimir nuestras diferencias a solas. Se me presentó como el sargento Akira Takakura, había perdido el matiz adusto de su cara y se mostró mucho más asequible que en nuestro primer encuentro.

_Bruce Harris _respondí aguardando impaciente sus palabras.

El señor Takakura me pidió disculpas entre reverencias por su comportamiento manifiestamente improcedente y me solicitó, con gran consideración, que me abstuviera de ver a su hija. Fue una lástima que sus recomendaciones llegasen tarde, a esas alturas yo amaba a Midori profundamente y, por descontado, no pensaba renunciar a ella. Así se lo manifesté. El hombre frunció el ceño, parecía no dar importancia a mis sentimientos respecto a su hija y centró su atención en mi negativa, se le notaban sus esforzados propósitos por mostrarse sereno al alegar irritado.

_Usted ha mancillado el honor de mi familia.

No conseguí reprimir una sonrisa irónica.


_Takakura-san, esto no es un drama de Shakespeare _repliqué yo sarcástico.

La locución japonesa que me escupió no dejaba lugar a equívocos, de haber ignorado que el idioma japonés no incluye palabras malsonantes, hubiera apostado mi cabeza a que era una alusión directa a mi madre y a todos mis antepasados.


_Midori tiene veintiséis años, es mayor de edad. Yo no la he obligado a hacer nada en contra de su voluntad y si ella lo desea, continuaremos viéndonos _le dije convencido de mis palabras.

_Harris-san, puede dar por concluida su relación con mi hija. No volverá a verla, se lo aseguro _replicó él tajante.

_Sólo acataré esa decisión de labios de Midori _dije resuelto.

Akira Takakura me saludó finalizando la conversación. Yo estaba furibundo, me hubiera gustado decirle a la cara a aquel "keikan", policía, lo que pensaba de él y todavía me pregunto por qué me contuve.