Capítulo 12

En mi siguiente encuentro amoroso con Midori ocurrió algo más propio de una novela negra que de la vida real. Midori y yo disfrutábamos de una intimidad intensamente afectuosa en la habitación de mi hotel cuando sonaron unos golpes en la puerta, me extrañó que alguien llamase y me puse apresurado los pantalones para acudir a abrir. Ante la puerta me encontré a un hombre de aspecto nada amigable que me dirigió unas palabras en tono imprecatorio y de las cuales lo único que conseguí entender, y no con claridad, fue el nombre de Midori. La visita me pilló tan por sorpresa que no supe reaccionar y el individuo aprovechó mi confusión para pasar al interior, se plantó sin miramientos ante Midori y masculló algo en japonés que, lógicamente, no pude interpretar y que a mí me sonó a órdenes.

_¿Qué pasa? ¿Qué está diciendo? _pregunté desconcertado a Midori mientras le tendía mi camisa que acababa de recoger del suelo.

_Dice que me vista y me vaya _me respondió ella con la palidez de un cadáver y obedeciendo al tipo patibulario.

Yo la retuve sin comprender, pero ella se zafó de mi mano y abandonó la cama cubierta por mi camisa, recogió su ropa y se encaminó al cuarto de baño.

_¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué has de hacerle caso a este individuo? _protesté yo enojado.

Entonces vino lo peor, el desconocido se retiró hacia la puerta en ademán de espera y, al caminar, su chaqueta abierta me permitió comprobar que iba armado. Yo no entendía nada, aquello no estaba sucediendo, no era cierto, no podía serlo ni siquiera en Japón.

_¿Alguien quiere explicarme qué es esto? ¿Por qué lleva una pistola? _pregunté asustado.

_Es mi padre, es policía _respondió Midori agitada.

Me quedé mudo y estupefacto, aquélla era la situación más insólita que me había tocado vivir. Midori fue a vestirse regresando casi de inmediato y se marchó seguida del hombre, ni siquiera se despidió de mí, sus ojos estaban al borde del llanto y su boca temblaba levemente. El sujeto me lanzó una mirada desafiante y aniquiladora y cerró la puerta tras de sí dejándome a mí patidifuso, fuera o no el padre de Midori, se había excedido. ¿Acaso aquel atropello intimidatorio era la sutil forma japonesa de insinuarme que debía alejarme de su hija? ¿Por qué?