15 de julio de 2006

Capítulo 11

La octava cita con Midori resultó un acontecimiento sublime que mi memoria no olvidará. La soledad y la melancolía habían quedado definitivamente atrás, atrapadas en un pasado que me parecía remoto, porque la caprichosa felicidad y la alegría de vivir me las infundía el afecto y la pasión de aquella mujer superlativa. La intuición no me engañó, después de nuestro primer encuentro íntimo estaba persuadido de que Midori era especial, la compañera indispensable con la que deseaba pasar el resto de mis días. Me había enamorado, percibía este sentimiento fuertemente arraigado en mi corazón, ella me hacía sentir como no me había sentido nunca, podía reír, gritar y explotar de dicha sólo con tenerla a mi lado. Un halo mágico me envolvía haciendo realidad el más prodigioso de los sueños.

Le confesé que la amaba, que las horas eran eternas sin ella, le dije que mi futuro estaría cuajado de luces de colores si lo compartía conmigo o que la soledad sería mi condena perpetua porque con ninguna otra mujer me atrevería a afrontar el destino. Midori me dedicó una sonrisa entrañable, no replicó, se abrazó a mí y yo la estreché contra mi pecho con el convencimiento de que estaríamos juntos por siempre.