Capítulo 10

Empezaba a hacer progresos. Yo soy una persona abierta y con amplitud de miras, siempre he pensado que es posible aprender de cualquiera, y ahora tenía la ocasión de acrecentar mis conocimientos siendo permeable al universo atractivo y sugerente que se abría ante mí.

Es curiosa la forma tan diferente de ver las cosas que existe entre Oriente y Occidente, yo había estudiado administración y gestión empresarial en la universidad de San Francisco, y en los cursos académicos que allí se impartían el objetivo fundamental de la didáctica quedaba circunscrito a la empresa y su gestionamiento, dejando enteramente de lado el componente humano de cualquier negocio. En Tokio me preparaban para dar prioridad al individuo, cultivando las relaciones humanas, enseñándome las claves para negociar con eficacia, los perfiles genéricos de cualquier contrincante y a conseguir presionar al adversario para que acepte lo que se le ofrece, además, me estaban educando como hombre y yo agradecía aquellos sabios consejos que me serían de gran utilidad tanto en mi vida profesional como en la particular.

De entre todos mis compañeros de estudios había uno, Shiro Anno, con el que me llevaba mejor, creo que intimé con él porque era el único cuyo nombre me resultaba pronunciable. Anno-san derrochaba una paciencia ilimitada conmigo, nunca se cansaba de explicarme y aclararme cualquier duda que me surgiera, su inglés no era muy bueno y, puesto que mi japonés era nulo, nuestras conversaciones se hacían interminables, llegando a apartarse tanto del tema inicial que debatíamos que, al final, podíamos acabar comentando una película de cine que los dos hubiéramos visto.

El resto de los colegas del grupo eran amables y atentos, aunque se mantenían a cierta distancia emocional de mí. Reconozco que, en parte, era culpa mía que tuviesen sus reservas, el desconocimiento de la conducta social nipona hizo que cometiese errores, a sus ojos, imperdonables. Como aquella mañana en la que acudimos juntos a tomar algo en un bar cercano a la empresa. Me apetecía un café, pero por no destacar me adherí al té verde que pidieron todos; para mis compañeros debió ser traumático verme poner azúcar en aquel amargo brebaje, no obstante, yo me quedé tan tranquilo, sin enterarme, hasta días más tarde, de que había cometido una aberración, el té verde se toma con leche o limón, jamás con azúcar.