Capítulo 8

La pérdida del pasaporte me situó durante tres días al borde de la desesperación. Había puesto patas arriba la habitación del hotel, la mesa de mi oficina, pregunté a todo el mundo y no aparecía. Ya estaba decidido a acudir a la embajada y a padecer resignado el lento ejercicio de la burocracia para poder recuperar mi identidad perdida, cuando recibí una llamada salvadora de la empleada que me atendió en el banco. Me guardaba el documento que dejé olvidado sobre su mesa y al no pasar a recogerlo se había encargado de realizar las gestiones pertinentes hasta dar con mi paradero.

Me personé en el banco tan pronto me fue posible y busqué a la señorita, ella vino a mi encuentro y me saludó con una leve inclinación a la que yo correspondí de igual manera. Seguramente no hice demasiado bien el saludo, ya que noté en el rostro de la joven una contenida mueca de divertida tolerancia, y es que debía resultar grotesco que un hombre alto y fornido se inclinase ante una muñeca de porcelana. No le reproché en absoluto su reacción y menos teniendo en cuenta el inmenso favor que me hacía, se había tomado la molestia de llamar a la embajada y localizarme en mi trabajo, por tanto, me sentí deudor de aquella delicada mujer y pensé que podría agradecérselo invitándola a cenar. Se lo propuse, y ella se negó cortésmente y muy azarada por la situación, tuve que aclararle que únicamente pretendía corresponder y compensar sus atenciones y que en mi país era algo completamente inocente, la convencí, y a partir de aquel día confié más en mi capacidad de persuasión.