17 de junio de 2006

Capítulo 7

En mi empresa necesitaban un número bancario para ingresarme la nómina, así que me metí en el primer banco que encontré dispuesto a abrir una cuenta corriente. Pregunté a uno de los empleados de la entrada y éste, con un gesto, me señaló el lugar al que debía dirigirme. La señorita que me atendía me trató con una amabilidad extrema, requirió mi pasaporte y me rogó que firmase varios papeles, en contra de mi costumbre ni se me ocurrió inquirir su contenido, podía estar rubricando mi sentencia de muerte, pero los increíbles ojos de la mujer me parecieron tan sinceros que le confié mis finanzas sin siquiera pestañear.